lunes, 12 de junio de 2017

La luz de tu silencio



Meridiano editorial hace poco ha editado un nuevo libro, La luz de tu silencio, éste último trata sobre el Alzheimer, pero tratado de una manera distinta, esperanzadora y positiva, además tiene la singularidad que la persona que ha escrito el libro, Susana García Pinto, vivió en primera persona el inicio, proceso y final de la misma a través de su padre, Facundo.


Nos sentimos orgullosos por poder publicar éste tipo de libros, por intentar acercar esta enfermedad a muchas personas, tanto si la han sufrido o no, pretendemos divulgar y acercar la visión de ésta enfermedad de otra manera, y hemos comprobado que es posible.



El libro ha empezado a caminar hace muy poco y nos ha sorprendido que ya tenemos una reseña, estamos muy agradecidos por la misma, y desde aquí os facilitamos el enlace para que la leáis, conozcáis, y si es posible os anime a leer La luz de tu silencio.





Portada de La luz de tu silencio









sábado, 11 de febrero de 2017

Sobre la inteligencia artificial

En el texto que transcribimos a continuación, perteneciente al libro El mundo transparente, de Sylvia Díaz-Montenegro, su autora nos expone su opinión sobre la inteligencia artificial. Desde luego, tanto ella como nosotros somos conscientes de que se trata tan solo de eso, de una opinión, porque no hay nadie suficientemente autorizado para sentar cátedra sobre este asunto, de modo que a día de hoy caben en él desde las visiones más conservadoras a las más friquis además de, por supuesto, todas las intermedias. Solo el paso del tiempo nos irá dando las claves de su desarrollo. En cualquier caso, esto es lo que piensa Sylvia al respecto:

inteligencia artificial, Sylvia Díaz-Montenegro, tecnología, internet, mundo digital


«En mis tiempos de estudios se trazaba la línea en el sistema que es capaz de aprender solo, no a resultas de una codificación. Es una línea borrosa, pero línea al fin y al cabo. Cuando alguien te hable de inteligencia artificial, pregúntale si el sistema aprende de manera autónoma o solo cuando su programador humano aprende. Pregúntale si el sistema, además de aprender parámetros de una decisión, es capaz de crear otra decisión. Si no, bueno, eso de que es inteligente ya lo hablamos otro día.
Si resulta que puede aprender, pregúntale entonces si tiene la capacidad de aprender cualquier cosa: un programa de ajedrez que, brindándole la información adecuada, de repente aprendiera cocina. Siempre he tenido la impresión de que este fue el sueño esencial que llevó a los ordenadores, igual que llevó a construir a Frankenstein. Encuentro un impulso constante en nuestra historia para replicar la plasticidad de razonamiento, la capacidad de aprender del ser humano. Tú la das por buena, mamá, pero cualquiera que haya vivido cerca de los sistemas no humanos sabe lo maravillosa que es y lo infinitamente lejos que está de lo que los sistemas que hemos creado saben hacer. Vistos desde este punto de vista, los sistemas que conoces, todo lo que se llama «smart» —los contestadores automáticos de las empresas, las fuentes de colores y música… —, todo eso no tiene ni pizca de inteligencia artificial. En cuanto a Irene*, de la que hablábamos antes, sea o no artificialmente inteligente, a la pobre no le luce. 
Actualmente, incluso entre gente acostumbrada a los sistemas, la complejidad de la toma de decisiones o del comportamiento aparece como algo tan cercano a lo imposible que en seguida se oye hablar de la inteligencia artificial como la solución, ya disponible a la vuelta de la esquina. Tengo la impresión de que, siempre que en la resolución de un problema se percibe un misterio, se recurre al comodín de la inteligencia artificial, cuando personalmente no veo cómo puede hacerse, lo que me resulta muy frustrante. 
Imagínate que quieres llegar al sol, mamá. Cuando te pregunto cómo vas a llegar, me respondes que en nave espacial; esas dos palabras reflejan tu idea de lo que es una nave espacial. Yo me siento entonces como el pobre ingeniero que recibe el encargo y se va al hangar a ver la nave que tiene a su disposición; una nave que sí, vuela, pero no tiene manera de soportar esas temperaturas. Puestos a entrar en detalle, tampoco tiene traje para asegurar que tú puedas sobrevivir ni un ápice de segundo en ese infierno de hidrógeno. 
Ese espacio entre lo posible y lo imposible que has atravesado con dos palabras se me hace infinito cuando me pongo a cruzarlo en realidad. Y entre lo que un experto y tú pensáis al hablar de inteligencia artificial existe la misma distancia que entre la inteligencia de una enciclopedia y la que hace falta para escribir el Quijote.
Por cierto, mamá, que aquí estamos las dos escribiendo esto en otoño de 2 015, cuando ya hay un sistema que, a través de preguntas y respuestas, basándose en la información disponible en Google y con capacidad para aprender de sus errores (en eso nos gana, mira), es capaz de ser más acertado en datos que cualquier humano. Tengo gran curiosidad por ver cómo utilizar semejante capacidad, porque, claro, la gracia está en ordenar la inteligencia, no en la inteligencia sola.
Hay sistemas que son capaces de producir contenido técnico: escribir cosas lógicas que describen capacidades de una web, por ejemplo. Un humano siempre se lo tiene que leer, porque el sentido común, el sentido a secas, no es algo que se haya conseguido meter en esas máquinas carísimas, pero es verdad que acortan mucho del trabajo repetitivo. Sin embargo, parece que se podría deducir de ello que un montón de robots pueden escribir en algún momento una obra de Shakespeare, y eso es lo que no alcanzo a ver. Entiendo cómo se puede describir ordenadamente lo que hace cada botón de una pantalla, desde el primero arriba a la izquierda hasta el último abajo a la derecha. Un poco repetitivo, aburridísimo, pero lo entiendo. De ningún modo me sale la frase «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme». 
De acuerdo con todo lo que sé, la probabilidad de que eso salga por casualidad es cero».


*Nota: Irene es el avatar de Renfe para relacionarse con sus clientes.

Os recomendamos que podéis adquirir el libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí. 

Libros sobre memorización

Últimamente se están publicando muchos libros sobre la memoria y las técnicas de memorización. Sospechamos que gran parte de este éxito se debe a la preocupación creciente que existe por el deterioro cognitivo y el temor a enfermedades como el alzhéimer. Por nuestra parte, no tenemos intención de entrar en estas disquisiciones, puesto que hasta la fecha no existe confirmación de la relación entre este tipo de trastornos y el ejercicio de la memoria. En todo caso, lo que es evidente es que la memoria es una potencialidad muy útil para el desarrollo de nuestras actividades diarias, ya sea en el ámbito laboral, personal, social, etc.
Por otra parte, es igualmente evidente que la memoria se puede desarrollar. La memoria es como un músculo que si se ejercita se hace cada vez más fuerte y cualquier persona, utilizando las técnicas adecuadas, puede comprobar como sus capacidades en este ámbito de incrementan.
Como decíamos al principio, son muchos los libros que se han publicado últimamente sobre técnicas de memorización. La mayoría de ellos están escritos por personas que han batido récords memorísticos y a menudo versan sobre técnicas para conseguir una memoria excepcional. Per lo cierto es que en ocasiones este tipo de libros desanima un poco, porque los retos a conseguir son en muchos de los casos excesivos para la mayoría de las personas. 
Sea como fuere, algunos de los libros más conocidos entre los editados sobre esta tema son:
— Desarrolla una mente prodigiosa, Ramón Campayo. EDAF, 2004. Es un clásico, y se sigue reeditando.
— El libro de la supermemoria, Salomón Witty. Pirámide, 1992. Este magnífico libro libro se halla hoy en día agotado y resulta prácticamente imposible de conseguir.
Y últimamente Planeta ha lanzado el libro:
— Consigue una memoria de elefante, Miguel Ángel Vergara y José María Bea, Temas de hoy, 2017.
Se trata de libros interesantes, cada uno en su estilo y todos ellos aportan su granito de arena al tema de la memorización.

Luis Sebastián Pascual, La pastilla verde, mnemotecnia, memoria, técnicas de memorización, mente


Por otro lado, está Luis Sebastián Pascual. Luis no es un campeón de mnemotecnia (sospechamos que porque no quiere), sino un estudioso de la mnemotecnia. Además de multitud de colaboraciones en revistas y blogs, tiene cuatro libros publicados. Los tres primeros son:
—Consigue una excelente memoria. CCS, 2008.        
—Mapas de aprendizaje. CCS, 2010.
—Técnicas de memorización. CCS, 2013.
Estos libros siguen siendo libros de referencia para estudiantes y amantes de la mnemotecnia.
Pero Luis es consciente de que no son iguales las necesidades memorísticas de una opositor que las de alguien que quiera recordar, por ejemplo, la  lista de la compra. De esa idea surgió el libro La pastilla verde, editado por Meridiano, cuyo subtítulo es precisamente Técnicas de memorización para mayores de 40 años. En este subtítulo está la clave de todo. Y es que este libro contiene y desarrolla de manera sencilla y asequible todas aquellas técnicas que pueden resultarnos útiles a todos aquellos adultos que ya no estudiamos ni tenemos que hacer esfuerzos memorísticos significativos, pero que necesitamos recordar cosas esenciales, que pueden ser desde acordarnos de tomar una pastilla (como la divertidísima anécdota que da comienzo al libro), pasando por recordar una lista de nombres, cumpleaños, etc.
Por otra parte, como Luis es un estudioso del tema (un ratón de biblioteca, como se define él) ha compuesto un libro verdaderamente bello. Porque es verdad que nos enseña las técnicas de memorización que acabamos de comentar pero, además, sin que nos demos casi cuenta, nos «cuela» sutilmente entre las páginas de su libro un precioso tratado de historia de la mnemotecnia. Y es que, como en tantas otras cosas cosas, los antiguos ya sabían mucho de esto y hace tiempo que está casi todo inventado al respecto. El mérito —y el éxito— de Luis estriba en presentarnos los antiguos y los nuevos conocimientos sobre mnemotecnia en un envoltorio amable, de modo que podamos aprender las técnicas al tiempo que recorremos la historia. Y todo ello prácticamente sin darnos cuenta.

Os recomendamos que podéis adquirir el libro La pastilla verde. Técnicas de memorización para mayores de 40 años sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí.

lunes, 30 de enero de 2017

Contra los TCA: iniciar conversaciones

Ante la sospecha de la existencia de un trastorno alimentario, la psicóloga Irene Alonso Vaquerizo nos sugiere en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas como ayuda a familiares y personas cercanas al afectado que, entre otras cosas, iniciemos conversaciones con este. Para ello nos da los siguientes consejos: 

«Puedes abordar este tema directamente, pero ten en cuenta que a veces no tendrá el efecto esperado. Una de las quejas más frecuentes de las personas cercanas al afectado, ya sea adolescente o adulto, es la dificultad para hablar del problema. La persona se suele mostrar esquiva, molesta o sorprendida, lo que genera mucha frustración y enfado en los cercanos. Voy a utilizar un ejemplo que seguro que todos podemos entender: para muchas personas es incómodo hablar de sus problemas aunque sea con su madre o pareja y esa resistencia se incrementa si la persona que saca el tema lo desconoce por completo, haciendo imposible ponerse en lugar del otro. Para hablar del tema podrá ayudarte observar la conducta de la persona e informarte de lo que puede estar pasando a través de libros o especialistas. Antes de abordar el tema hemos de preparar el terreno, prestar atención a como está la comunicación con el afectado. Si esta se halla en un buen momento podrás abordar la cuestión, para ello la información previa puede ser positiva. Sin embargo, hay que tener en cuenta que es bastante frecuente cuando aparece un problema de este tipo que las relaciones se tensen y crispen. Por tanto lo primero es favorecer la comunicación. ¿Cómo se hace eso? Pues con mucha paciencia y buena voluntad y sin perder el objetivo, que es ayudar al otro. Comienza por hablar de cualquier actividad común o de interés de la persona. Trata de desbloquear la situación, acércate con una atención sincera al otro. Una vez restablecida la comunicación, podréis expresar o comentar vuestras observaciones utilizando frases del tipo: "Hace tiempo que te noto nerviosa", "Te veo agobiado y descansas poco", "Te noto triste", "¿Sabes qué te pasa?", "¿Qué te preocupa?"... Es decir, comentar aquello que observes diferente en su actitud o en su comportamiento. Como verás no estoy diciendo nada respecto a la alimentación, la imagen corporal o el deporte. Estas manifestaciones, sobre todo cuando la comunicación no es buena, es mejor no abordarlas al principio de la conversación o en la primera charla, ya que sin duda habrá muchas más. No lo considero positivo por tres motivos:


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Primero: 
Lo que vemos desde fuera no es el problema. Las alteraciones con la comida, el peso, la imagen, etc..., solo son la punta del iceberg. Estas actitudes no son el centro de la cuestión, sino que este lo constituye el sufrimiento emocional. No darse cuenta de esto sería como regañar a alguien porque sus notas han bajado cuando resulta que tiene un problema de vista y no ve la pizarra. Además, predispone a la persona en contra, puesto que el trastorno es la única forma que ha encontrado para hallar la calma ante su malestar interno (ansiedad u otras emociones). En definitiva, es como querer parar los síntomas de una infección con analgésicos sin prestar atención a lo que la produjo. Aunque no sepamos su origen, sabemos que eso no cura, que solo quita el dolor.

Segundo: 
La insistencia a hablar de comida solo genera distanciamiento. Es posible que anteriormente ya se hayan hecho muchas referencias a la alimentación o al ejercicio, sin ningún resultado positivo. Del mismo modo tampoco recomiendo decir frases del tipo: "Ya sé lo que te pasa, tienes anorexia", "Comiendo así te vas a meter en un problema"... Recordemos que el problema es emocional, aunque ello pueda llevar a consecuencias físicas que, desde luego, habrán de considerarse en el tratamiento. Recuerda que tú no eres el experto, eres una persona de la confianza del afectado que pretende comunicar su preocupación y dar apoyo en el proceso.

Tercero:
Es preciso conocer la fase de conciencia en la que se encuentra el afectado, (es decir, la comprensión que tiene este de lo que le pasa). La conversación variará según la aceptación que el mismo tenga del problema y sus ganas de cambiar. 

En resumen, es posible que el afectado piense que no le sucede nada, que lo puede controlar, que no desea cambiar o bien que tenga miedo a no poder hacerlo... Es bastante frecuente que la persona no esté preparada para escuchar que eso que le sucede tiene un nombre. Por tanto, dado que tu interés primordial es acercarte para expresar tu preocupación, ayudar a que tome conciencia de su situación y generar un movimiento en el otro, utiliza un lenguaje que entienda y no le predisponga al enfado. Para ello, es necesario apoyarte en hechos observables como: "Últimamente no te veo reír", "Estás malhumorada por cualquier cosa", "Creo que no estás bien", "Yo estoy aquí para escucharte y ayudarte", "¿Qué podríamos hacer?"... Según como vaya esa primera conversación y en virtud también de la edad del afectado, podrás expresar más tus observaciones con la comida: "Estoy notando que estás preocupada por la figura y eso no te deja disfrutar", "Veo que has variado tu peso", "Estás tenso en las comidas", "Creo que esto tiene algo que ver con tu estado de ánimo", "He pensado que podrías/podríamos visitar a un especialista para que te ayude y me enseñe a mí cómo ser tu apoyo"...
En este punto es importante tener en cuenta la edad del afectado, porque aunque los cambios observados puedan ser similares, la acción de los cercanos será diferente. Es decir, si es menor de edad, los padres o tutores habrán de llevarle a un especialista, de igual modo que se le lleva al colegio o instituto. Esto no invalida lo anteriormente dicho, es decir, la comprensión de la situación no excluye la firmeza, y es preciso asumir que la responsabilidad es de los adultos. En el caso de los mayores de edad, has de aceptar que serán ellos quienes deberán dar el paso y tener paciencia para ello, recordándoselo de vez en cuando y ofreciéndoles tu apoyo. Evidentemente, si hubiera algún aspecto de su salud física o metal que te preocupara, podéis acudir a urgencias o llamar a emergencias. Pero en ambos casos siempre es recomendable que acudas a un experto o a una asociación para ayudarte a llevar a cabo esta tarea». 

Os recomendamos que podéis adquirir el libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La cara oculta de los trastornos alimentarios sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí.

viernes, 27 de enero de 2017

¿Y si hubiera robots inteligentes?

Una de las preguntas clásicas que todos nos hacemos es si realmente podrán existir robots inteligentes. No nos referimos, claro está, a robots que puedan realizar determinadas funciones, sin duda de forma muy precisa y adecuada, sino a si podrían existir robots que desarrollen formas propias de inteligencia que se retroalimente sin ayuda exterior, es decir, robots con pensamiento propio. En esto se halla la base de la inteligencia artificial, un tema tan controvertido como apasionante. De hecho, en este sentido podemos encontrar opiniones para todos los gustos: desde los más visionarios, que dicen que en las próximas décadas encontraremos ya esos robots inteligentes y que incluso conviviremos con cyborgs, mezcla de humanos y máquinas, que darán origen a superhumanos, y otros más conservadores, que consideran que las máquinas, por muy elaborados que sea su concepción y funcionamiento, jamás llegarán a pensar por sí mismas más allá de reacciones previamente aprendidas aunque, eso sí, puedan aprender de sus propios errores. La polémica está servida.
Sylvia Díaz-Montenegro, en su libro El mundo transparente, realiza un breve apunte al respecto:


Sylvia Díaz-Montenegro, El mundo transparente, tecnología, internet, mundo digital, Meridiano Editorial, robots, inteligencia artificial



¿Y si hubiera robots inteligentes?

«Los mundos que describe Asimov son bastante aburridos: mundos cómodos y estancos en los que los seres humanos tienden a aislarse, tanto que llegan a poner en peligro la especie: si no tienes ganas de estar con tus semejantes, tampoco tienes ganas de tener semejantitos con ellos y mucho menos criarlos con ellos, que es lo realmente difícil. La procreación tendría que ser una obligación social, como la antigua mili, profundamente injusta porque no puede ser que él ponga los gametos y yo las varices. El resultado previsible, y así lo describe Asimov, es una granja de bebés gestados in vitro, educados por educadores especialistas y cariñosamente distantes, cada vez más distanciados entre sí. 
En el mundo de Asimov, otros humanos dejan de utilizar robots porque prefieren estar juntos a estar cómodos. Claro que esa decisión la toma un grupo que no tiene robots porque no les caben. La cosa es que este es el grupo que crece y se multiplica y se expande, mientras que los que tienen robots no necesitan crecer ni multiplicarse. ¿Para qué? Con lo estupendamente que se está así, tan tranquilito… El conflicto y la incomodidad es lo que nos mueve como especie. La facilidad no suele ser creativa. Otra cosa es que a algunos tanta creatividad y tanta emoción les sobre un poco.
En cualquier caso, el mundo con robots no se parecería en nada a lo que vemos en películas como La guerra de las galaxias, por ejemplo. Ayer vi una de las entregas de la saga, ¡y los robots se hablaban entre sí! Había capataces de robot y robots que chillaban y un montón más de cosas graciosísimas y totalmente imposibles. Los robots no chillan, porque nada les duele. No hablan, porque simplemente conectándose podrían transmitirse terabytes, es decir millones de megas, billones de datos de información objetiva sin lugar a equívocos. Se trataría de una jerarquía sin discusiones, sin conversaciones, sin negociación. Todo eso es mucho más eficiente que el lenguaje hablado, no da lugar a malentendidos, es exacto y pertinente.  Aunque, como describe Asimov, tampoco tiene ni media gracia.
En cualquier caso, este apartado solo vale para que te des cuenta del terreno que estamos pisando: vida y no vida, conciencia… Grandes temas que siempre deberíamos tratar con antropólogos, psicólogos y filósofos, no con ingenieros genéticos o tecnócratas iluminados: la verdadera importancia y la calidad del ser humano está en lo que hace y cómo se comporta con otros seres humanos. Todo lo demás es secundario. En el caso de los sistemas, seres automáticos que están poblando nuestro mundo, nadie está mirando ni estudiando realmente su comportamiento ni su impacto, mientras que llevamos derramados ríos de tinta sobre cómo se construyen».


Está claro que hay mucho que decir sobre este tema y que en el futuro esta no va a a ser una cuestión de cuatro locos. Es muy probable que tengamos que tomar importantes decisiones al respecto para las que deberemos estar preparados...

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¿Es bueno olvidar?

Luis Sebastián Pascual, en su libro sobre mnemotecnia titulado La pastilla verde nos habla, como vimos en un post anterior, de técnicas para olvidar. Pero nosotros nos preguntamos: en un contexto más amplio, ¿puede ser bueno olvidar? Marta Eugenia Rodríguez de la Torre, autora de ¿Hay alguien ahí?, respondía a esta pregunta en su libro Todo sobre el cerebro y la mente: 

«Aprender a olvidar es tan importante como aprender a recordar.
En capítulos anteriores hemos comentado los mecanismos de la memoria, del olvido, de la recuperación de información y de la actualización de los recuerdos. Pero con el cumplimiento de los años es tan importante aprender a recordar como aprender a olvidar y, de hecho, como veremos, la producción de determinadas enfermedades mentales como las demencias y, en concreto, el alzheimer tienen su razón de ser en la basura mental que acumulamos como consecuencia de una gestión incorrecta de la información o, mejor dicho, porque no nos hemos ocupado de realizar funciones de olvido que nos permitan deshacernos de todos los datos que no tienen utilidad y, en especial, de aquellos que nos resultan dañinos y que han propiciado o pueden propiciar desajustes mentales, como las fobias, las manías o aquello que puede condicionar de manera desproporcionada una prevención exagerada en los contactos sociales, en los nuevos aprendizajes o en las fases de crecimiento en las que se encuentra implicada nuestra evolución personal.
En el desencadenamiento de los factores de olvido es preciso tomar en consideración los factores emocionales, pues una inadecuada gestión de lo que sentimos, un silencio acusador de lo que padecemos, un odio visceral enquistado en el rencor y en la posibilidad de una futura venganza propician que la persona concentre sus energías en lo negativo y se cierre a lo positivo, o que viva su vida en función de otros en vez de sus propios intereses, tal vez porque nunca se ha ocupado de ellos, de sus necesidades reales, quizá no sabe o no puede apreciarlas, o de la interelación saludable con las personas con las que convive, porque a lo mejor sólo las utiliza en beneficio propio, lo que a la larga influye en su pérdida o en su instrumentalización.

Es preciso aprender a pasar página y a vivir el tiempo que nos toca sin extender las connotaciones del pasado más allá de la experiencia que nunca puede condicionar el aprendizaje, sino más bien amparar el correcto desenvolvimiento de unas pautas en unas condiciones favorecedoras. A veces no es fácil superar viejas heridas, sobre todo cuando la situación presente no resulta del todo favorable, pero es preciso conocer que sólo en la medida en que tomemos el timón de la existencia podemos variar el rumbo e, incluso, llegar a conclusiones que si bien es cierto que en un primer momento ni siquiera habíamos sospechado, no es menos verdad que resultan más positivas de lo que podamos pensar.


Luis Sebastián Pascual, Marta Eugenia Rodríguez de la Torre, La pastilla verde, Hay alguien ahí, mnemotecnia, sobredotacion, memoria, altas capacidades, Meridiano Editorial























En este proceso, y aunque conforme pasan los años puede resultar más difícil, es preciso que realicemos, cuanto menos con periodicidad mensual, un listado de lo que realmente queremos acumular en nuestra memoria como consecuencia de los aprendizajes y capacitaciones en que nos encontramos inmersos; otro, de aquellos datos que ya no nos sirven para nada; un tercero, de las emociones, vivencias y sensaciones que construyen nuestra propia identidad y que queremos preservar y, otro, de aquellas que nos han dañado y cuyo recuerdo sólo es útil para causarnos malestar y condicionar de manera negativa nuestra apreciación de las cosas y nuestra relación con las personas.
Con las anotaciones que hemos decidido olvidar es oportuna la realización de ejercicios mentales de evitación para que nuestra mente se acostumbre a controlar lo que queremos y lo que desechamos, y para que el protagonismo en la aceptación o rechazo de una información refuerce los mecanismos de la voluntad y a ellos, salvo patologías, sujete la articulación de la memoria.
En este proceso y en consonancia con Séneca, es preciso anotar que sólo lo que se conoce condiciona lo que se es y, por tanto, en la medida que somos capaces de apartar de nuestra identidad lo que no queremos, estamos condicionando su influencia sobre nuestras vidas y propiciando su desaparición. De esta manera, damos paso con más fuerza a lo que queremos recordar, guardamos con mayor bienestar lo que consideramos patrimonio de nuestro yo y propiciamos una agilidad más acusada en cualquier aprendizaje.
La amnesia selectiva, sin lugar a dudas, es saludable, puesto que refuerza patrones cognoscitivos, deja espacio para acumular datos, experiencias, emociones y sensaciones beneficiosas y, sobre todo, recupera del pasado sólo aquello que deseamos que nos acompañe el resto de nuestra vida».

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¿Conductores adolescentes?

 Javier Costas, nos habla de esta cuestión en uno de los capítulos de su libro Tranquilos, que yo controlo:

«Este es un tema bastante interesante. No hay ninguna normativa que impida a un menor de edad conducir dentro de un recinto privado y cerrado al tráfico. En Reino Unido encontré una iniciativa que ya nos gustaría tener en España. A un precio muy similar al de una autoescuela convencional, Young Driver da clases a niños que hayan cumplido once años y superen 1,42 metros de estatura. Los chavales pueden empezar a conducir un coche de verdad en un entorno simulado, con todas las garantías, instructores profesionales y con lecciones que servirán para su futuro como conductores. Incluso tienen en el catálogo de coches un Bentley Arnage —con 400 CV— para pasear en el asiento trasero a los padres, obviamente con un instructor como copiloto. Ya tienen montado un chiringuito de cuarenta y dos centros por todo el país.
¿Tendría viabilidad algo así en España? Sinceramente, no lo sé, pero estoy seguro de que todos los chicos que pasaran por una escuela similar iban a ser unos conductores de primera. La mente de un niño es una esponja y absorbe los conocimientos con facilidad. Si desde el principio se adquieren buenos hábitos se evita que en el futuro se tengan manías y defectos al conducir. De todas formas, puede que estemos hablando más de una actividad lúdica que de otra cosa.
Ahora nos podemos preguntar si tiene sentido que los menores de edad puedan conducir, como etapa previa al examen de conducir (es decir, ya próximos a la edad legal) y tras haber pasado por la autoescuela para lo más fundamental. De esto se empezó a hablar en 2011, cuando la DGT lanzó un globo sonda sobre la posibilidad de que pudiesen conducir acompañados por un adulto con carné. Habría condiciones, claro, que el adolescente en cuestión hubiera dado al menos veinte clases y tuviera el examen teórico aprobado. Tal y como expliqué en el capítulo anterior, tengo serias dudas de que cualquier adulto tenga las virtudes necesarias para enseñar en condiciones, por no mencionar la posibilidad de transmitir manías de profesor a alumno.
Es una cuestión muy delicada, sin duda, pero la idea no es nueva. En países como Alemania, Canadá, Francia, Suecia o Australia se hace desde hace años. En Francia, por ejemplo, los aspirantes a «profesores» deben pasar un examen previo, lo cual me parece estupendo. En Alemania, los «profesores» deben cumplir también una serie de condiciones.


Tranquilos, que yo controlo. Manual de conducción para gente de bien, seguridadvial, motor, Javier Costas, Meridiano Editorial, libros



En España ya circulan unos cuantos adolescentes con los cuadriciclos o microcoches que se pueden conducir con licencia de ciclomotor y no son precisamente un peligro público. Y conducen solos o acompañados. En Estados Unidos se puede empezar a conducir legalmente desde los 16 años y pueden ir al instituto con coche, tal y como nos han recordado tantas películas americanas.
Pero no pensemos automáticamente que es la mejor idea del mundo. Según datos del IIHS, los accidentes de tráfico son la primera causa de muerte no natural de los adolescentes de Estados Unidos y en los primeros meses hay que tener cuidado al cruzarse con estos jóvenes conductores, aunque la mayoría de los tortazos se los dan ellos solitos. Y curiosamente la posibilidad de accidente se dispara cuando un adolescente conduce con otros tres adolescentes en el coche. Menuda bomba hormonal en tan poco espacio.
Un fabricante especialmente concienciado con este problema es Ford, que desarrolló un sistema de llaves restringidas denominado MyKey. Además del doble juego de llaves normal al comprar el coche, se puede pedir una llave adicional que identificará al conductor adolescente al ponerse al volante. El propietario puede capar ciertas funciones del coche, como limitar el volumen máximo del equipo de música (que no va a sonar si hay cinturones sin abrochar), evitar que se sobrepase una velocidad determinada, no poder desconectar el control de tracción (se evitarán derrapes y macarradas) o incluso recibir una alerta si el coche sale de un área determinada.
Volkswagen está empezando a adoptar un sistema parecido con su opción Car-Net Security & Service y sin duda se irán sumando más fabricantes con servicios similares. Por cierto, quien habla de conductor adolescente, habla de cualquier persona de dudosa fiabilidad a la que se le preste el coche, como cuñados, primos, yernos, etc.

Esta perversión tecnológica no tendría sentido si los vástagos cumpliesen al pie de la letra las órdenes y condiciones de los padres, que son los que han pagado el coche. No hace mucho tiempo fui adolescente y si mis padres me hubiesen dejado el coche con un chivato electrónico que delatara mis posibles faltas (lo cual habría implicado un castigo hasta el siglo XXII), me habría pensado muy mucho hacer cualquier tipo de tontería con él».

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