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sábado, 11 de febrero de 2017

Sobre la inteligencia artificial

En el texto que transcribimos a continuación, perteneciente al libro El mundo transparente, de Sylvia Díaz-Montenegro, su autora nos expone su opinión sobre la inteligencia artificial. Desde luego, tanto ella como nosotros somos conscientes de que se trata tan solo de eso, de una opinión, porque no hay nadie suficientemente autorizado para sentar cátedra sobre este asunto, de modo que a día de hoy caben en él desde las visiones más conservadoras a las más friquis además de, por supuesto, todas las intermedias. Solo el paso del tiempo nos irá dando las claves de su desarrollo. En cualquier caso, esto es lo que piensa Sylvia al respecto:

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«En mis tiempos de estudios se trazaba la línea en el sistema que es capaz de aprender solo, no a resultas de una codificación. Es una línea borrosa, pero línea al fin y al cabo. Cuando alguien te hable de inteligencia artificial, pregúntale si el sistema aprende de manera autónoma o solo cuando su programador humano aprende. Pregúntale si el sistema, además de aprender parámetros de una decisión, es capaz de crear otra decisión. Si no, bueno, eso de que es inteligente ya lo hablamos otro día.
Si resulta que puede aprender, pregúntale entonces si tiene la capacidad de aprender cualquier cosa: un programa de ajedrez que, brindándole la información adecuada, de repente aprendiera cocina. Siempre he tenido la impresión de que este fue el sueño esencial que llevó a los ordenadores, igual que llevó a construir a Frankenstein. Encuentro un impulso constante en nuestra historia para replicar la plasticidad de razonamiento, la capacidad de aprender del ser humano. Tú la das por buena, mamá, pero cualquiera que haya vivido cerca de los sistemas no humanos sabe lo maravillosa que es y lo infinitamente lejos que está de lo que los sistemas que hemos creado saben hacer. Vistos desde este punto de vista, los sistemas que conoces, todo lo que se llama «smart» —los contestadores automáticos de las empresas, las fuentes de colores y música… —, todo eso no tiene ni pizca de inteligencia artificial. En cuanto a Irene*, de la que hablábamos antes, sea o no artificialmente inteligente, a la pobre no le luce. 
Actualmente, incluso entre gente acostumbrada a los sistemas, la complejidad de la toma de decisiones o del comportamiento aparece como algo tan cercano a lo imposible que en seguida se oye hablar de la inteligencia artificial como la solución, ya disponible a la vuelta de la esquina. Tengo la impresión de que, siempre que en la resolución de un problema se percibe un misterio, se recurre al comodín de la inteligencia artificial, cuando personalmente no veo cómo puede hacerse, lo que me resulta muy frustrante. 
Imagínate que quieres llegar al sol, mamá. Cuando te pregunto cómo vas a llegar, me respondes que en nave espacial; esas dos palabras reflejan tu idea de lo que es una nave espacial. Yo me siento entonces como el pobre ingeniero que recibe el encargo y se va al hangar a ver la nave que tiene a su disposición; una nave que sí, vuela, pero no tiene manera de soportar esas temperaturas. Puestos a entrar en detalle, tampoco tiene traje para asegurar que tú puedas sobrevivir ni un ápice de segundo en ese infierno de hidrógeno. 
Ese espacio entre lo posible y lo imposible que has atravesado con dos palabras se me hace infinito cuando me pongo a cruzarlo en realidad. Y entre lo que un experto y tú pensáis al hablar de inteligencia artificial existe la misma distancia que entre la inteligencia de una enciclopedia y la que hace falta para escribir el Quijote.
Por cierto, mamá, que aquí estamos las dos escribiendo esto en otoño de 2 015, cuando ya hay un sistema que, a través de preguntas y respuestas, basándose en la información disponible en Google y con capacidad para aprender de sus errores (en eso nos gana, mira), es capaz de ser más acertado en datos que cualquier humano. Tengo gran curiosidad por ver cómo utilizar semejante capacidad, porque, claro, la gracia está en ordenar la inteligencia, no en la inteligencia sola.
Hay sistemas que son capaces de producir contenido técnico: escribir cosas lógicas que describen capacidades de una web, por ejemplo. Un humano siempre se lo tiene que leer, porque el sentido común, el sentido a secas, no es algo que se haya conseguido meter en esas máquinas carísimas, pero es verdad que acortan mucho del trabajo repetitivo. Sin embargo, parece que se podría deducir de ello que un montón de robots pueden escribir en algún momento una obra de Shakespeare, y eso es lo que no alcanzo a ver. Entiendo cómo se puede describir ordenadamente lo que hace cada botón de una pantalla, desde el primero arriba a la izquierda hasta el último abajo a la derecha. Un poco repetitivo, aburridísimo, pero lo entiendo. De ningún modo me sale la frase «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme». 
De acuerdo con todo lo que sé, la probabilidad de que eso salga por casualidad es cero».


*Nota: Irene es el avatar de Renfe para relacionarse con sus clientes.

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viernes, 27 de enero de 2017

¿Y si hubiera robots inteligentes?

Una de las preguntas clásicas que todos nos hacemos es si realmente podrán existir robots inteligentes. No nos referimos, claro está, a robots que puedan realizar determinadas funciones, sin duda de forma muy precisa y adecuada, sino a si podrían existir robots que desarrollen formas propias de inteligencia que se retroalimente sin ayuda exterior, es decir, robots con pensamiento propio. En esto se halla la base de la inteligencia artificial, un tema tan controvertido como apasionante. De hecho, en este sentido podemos encontrar opiniones para todos los gustos: desde los más visionarios, que dicen que en las próximas décadas encontraremos ya esos robots inteligentes y que incluso conviviremos con cyborgs, mezcla de humanos y máquinas, que darán origen a superhumanos, y otros más conservadores, que consideran que las máquinas, por muy elaborados que sea su concepción y funcionamiento, jamás llegarán a pensar por sí mismas más allá de reacciones previamente aprendidas aunque, eso sí, puedan aprender de sus propios errores. La polémica está servida.
Sylvia Díaz-Montenegro, en su libro El mundo transparente, realiza un breve apunte al respecto:


Sylvia Díaz-Montenegro, El mundo transparente, tecnología, internet, mundo digital, Meridiano Editorial, robots, inteligencia artificial



¿Y si hubiera robots inteligentes?

«Los mundos que describe Asimov son bastante aburridos: mundos cómodos y estancos en los que los seres humanos tienden a aislarse, tanto que llegan a poner en peligro la especie: si no tienes ganas de estar con tus semejantes, tampoco tienes ganas de tener semejantitos con ellos y mucho menos criarlos con ellos, que es lo realmente difícil. La procreación tendría que ser una obligación social, como la antigua mili, profundamente injusta porque no puede ser que él ponga los gametos y yo las varices. El resultado previsible, y así lo describe Asimov, es una granja de bebés gestados in vitro, educados por educadores especialistas y cariñosamente distantes, cada vez más distanciados entre sí. 
En el mundo de Asimov, otros humanos dejan de utilizar robots porque prefieren estar juntos a estar cómodos. Claro que esa decisión la toma un grupo que no tiene robots porque no les caben. La cosa es que este es el grupo que crece y se multiplica y se expande, mientras que los que tienen robots no necesitan crecer ni multiplicarse. ¿Para qué? Con lo estupendamente que se está así, tan tranquilito… El conflicto y la incomodidad es lo que nos mueve como especie. La facilidad no suele ser creativa. Otra cosa es que a algunos tanta creatividad y tanta emoción les sobre un poco.
En cualquier caso, el mundo con robots no se parecería en nada a lo que vemos en películas como La guerra de las galaxias, por ejemplo. Ayer vi una de las entregas de la saga, ¡y los robots se hablaban entre sí! Había capataces de robot y robots que chillaban y un montón más de cosas graciosísimas y totalmente imposibles. Los robots no chillan, porque nada les duele. No hablan, porque simplemente conectándose podrían transmitirse terabytes, es decir millones de megas, billones de datos de información objetiva sin lugar a equívocos. Se trataría de una jerarquía sin discusiones, sin conversaciones, sin negociación. Todo eso es mucho más eficiente que el lenguaje hablado, no da lugar a malentendidos, es exacto y pertinente.  Aunque, como describe Asimov, tampoco tiene ni media gracia.
En cualquier caso, este apartado solo vale para que te des cuenta del terreno que estamos pisando: vida y no vida, conciencia… Grandes temas que siempre deberíamos tratar con antropólogos, psicólogos y filósofos, no con ingenieros genéticos o tecnócratas iluminados: la verdadera importancia y la calidad del ser humano está en lo que hace y cómo se comporta con otros seres humanos. Todo lo demás es secundario. En el caso de los sistemas, seres automáticos que están poblando nuestro mundo, nadie está mirando ni estudiando realmente su comportamiento ni su impacto, mientras que llevamos derramados ríos de tinta sobre cómo se construyen».


Está claro que hay mucho que decir sobre este tema y que en el futuro esta no va a a ser una cuestión de cuatro locos. Es muy probable que tengamos que tomar importantes decisiones al respecto para las que deberemos estar preparados...

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