Mostrando entradas con la etiqueta internet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta internet. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de febrero de 2017

Sobre la inteligencia artificial

En el texto que transcribimos a continuación, perteneciente al libro El mundo transparente, de Sylvia Díaz-Montenegro, su autora nos expone su opinión sobre la inteligencia artificial. Desde luego, tanto ella como nosotros somos conscientes de que se trata tan solo de eso, de una opinión, porque no hay nadie suficientemente autorizado para sentar cátedra sobre este asunto, de modo que a día de hoy caben en él desde las visiones más conservadoras a las más friquis además de, por supuesto, todas las intermedias. Solo el paso del tiempo nos irá dando las claves de su desarrollo. En cualquier caso, esto es lo que piensa Sylvia al respecto:

inteligencia artificial, Sylvia Díaz-Montenegro, tecnología, internet, mundo digital


«En mis tiempos de estudios se trazaba la línea en el sistema que es capaz de aprender solo, no a resultas de una codificación. Es una línea borrosa, pero línea al fin y al cabo. Cuando alguien te hable de inteligencia artificial, pregúntale si el sistema aprende de manera autónoma o solo cuando su programador humano aprende. Pregúntale si el sistema, además de aprender parámetros de una decisión, es capaz de crear otra decisión. Si no, bueno, eso de que es inteligente ya lo hablamos otro día.
Si resulta que puede aprender, pregúntale entonces si tiene la capacidad de aprender cualquier cosa: un programa de ajedrez que, brindándole la información adecuada, de repente aprendiera cocina. Siempre he tenido la impresión de que este fue el sueño esencial que llevó a los ordenadores, igual que llevó a construir a Frankenstein. Encuentro un impulso constante en nuestra historia para replicar la plasticidad de razonamiento, la capacidad de aprender del ser humano. Tú la das por buena, mamá, pero cualquiera que haya vivido cerca de los sistemas no humanos sabe lo maravillosa que es y lo infinitamente lejos que está de lo que los sistemas que hemos creado saben hacer. Vistos desde este punto de vista, los sistemas que conoces, todo lo que se llama «smart» —los contestadores automáticos de las empresas, las fuentes de colores y música… —, todo eso no tiene ni pizca de inteligencia artificial. En cuanto a Irene*, de la que hablábamos antes, sea o no artificialmente inteligente, a la pobre no le luce. 
Actualmente, incluso entre gente acostumbrada a los sistemas, la complejidad de la toma de decisiones o del comportamiento aparece como algo tan cercano a lo imposible que en seguida se oye hablar de la inteligencia artificial como la solución, ya disponible a la vuelta de la esquina. Tengo la impresión de que, siempre que en la resolución de un problema se percibe un misterio, se recurre al comodín de la inteligencia artificial, cuando personalmente no veo cómo puede hacerse, lo que me resulta muy frustrante. 
Imagínate que quieres llegar al sol, mamá. Cuando te pregunto cómo vas a llegar, me respondes que en nave espacial; esas dos palabras reflejan tu idea de lo que es una nave espacial. Yo me siento entonces como el pobre ingeniero que recibe el encargo y se va al hangar a ver la nave que tiene a su disposición; una nave que sí, vuela, pero no tiene manera de soportar esas temperaturas. Puestos a entrar en detalle, tampoco tiene traje para asegurar que tú puedas sobrevivir ni un ápice de segundo en ese infierno de hidrógeno. 
Ese espacio entre lo posible y lo imposible que has atravesado con dos palabras se me hace infinito cuando me pongo a cruzarlo en realidad. Y entre lo que un experto y tú pensáis al hablar de inteligencia artificial existe la misma distancia que entre la inteligencia de una enciclopedia y la que hace falta para escribir el Quijote.
Por cierto, mamá, que aquí estamos las dos escribiendo esto en otoño de 2 015, cuando ya hay un sistema que, a través de preguntas y respuestas, basándose en la información disponible en Google y con capacidad para aprender de sus errores (en eso nos gana, mira), es capaz de ser más acertado en datos que cualquier humano. Tengo gran curiosidad por ver cómo utilizar semejante capacidad, porque, claro, la gracia está en ordenar la inteligencia, no en la inteligencia sola.
Hay sistemas que son capaces de producir contenido técnico: escribir cosas lógicas que describen capacidades de una web, por ejemplo. Un humano siempre se lo tiene que leer, porque el sentido común, el sentido a secas, no es algo que se haya conseguido meter en esas máquinas carísimas, pero es verdad que acortan mucho del trabajo repetitivo. Sin embargo, parece que se podría deducir de ello que un montón de robots pueden escribir en algún momento una obra de Shakespeare, y eso es lo que no alcanzo a ver. Entiendo cómo se puede describir ordenadamente lo que hace cada botón de una pantalla, desde el primero arriba a la izquierda hasta el último abajo a la derecha. Un poco repetitivo, aburridísimo, pero lo entiendo. De ningún modo me sale la frase «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme». 
De acuerdo con todo lo que sé, la probabilidad de que eso salga por casualidad es cero».


*Nota: Irene es el avatar de Renfe para relacionarse con sus clientes.

Os recomendamos que podéis adquirir el libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí

viernes, 27 de enero de 2017

¿Y si hubiera robots inteligentes?

Una de las preguntas clásicas que todos nos hacemos es si realmente podrán existir robots inteligentes. No nos referimos, claro está, a robots que puedan realizar determinadas funciones, sin duda de forma muy precisa y adecuada, sino a si podrían existir robots que desarrollen formas propias de inteligencia que se retroalimente sin ayuda exterior, es decir, robots con pensamiento propio. En esto se halla la base de la inteligencia artificial, un tema tan controvertido como apasionante. De hecho, en este sentido podemos encontrar opiniones para todos los gustos: desde los más visionarios, que dicen que en las próximas décadas encontraremos ya esos robots inteligentes y que incluso conviviremos con cyborgs, mezcla de humanos y máquinas, que darán origen a superhumanos, y otros más conservadores, que consideran que las máquinas, por muy elaborados que sea su concepción y funcionamiento, jamás llegarán a pensar por sí mismas más allá de reacciones previamente aprendidas aunque, eso sí, puedan aprender de sus propios errores. La polémica está servida.
Sylvia Díaz-Montenegro, en su libro El mundo transparente, realiza un breve apunte al respecto:


Sylvia Díaz-Montenegro, El mundo transparente, tecnología, internet, mundo digital, Meridiano Editorial, robots, inteligencia artificial



¿Y si hubiera robots inteligentes?

«Los mundos que describe Asimov son bastante aburridos: mundos cómodos y estancos en los que los seres humanos tienden a aislarse, tanto que llegan a poner en peligro la especie: si no tienes ganas de estar con tus semejantes, tampoco tienes ganas de tener semejantitos con ellos y mucho menos criarlos con ellos, que es lo realmente difícil. La procreación tendría que ser una obligación social, como la antigua mili, profundamente injusta porque no puede ser que él ponga los gametos y yo las varices. El resultado previsible, y así lo describe Asimov, es una granja de bebés gestados in vitro, educados por educadores especialistas y cariñosamente distantes, cada vez más distanciados entre sí. 
En el mundo de Asimov, otros humanos dejan de utilizar robots porque prefieren estar juntos a estar cómodos. Claro que esa decisión la toma un grupo que no tiene robots porque no les caben. La cosa es que este es el grupo que crece y se multiplica y se expande, mientras que los que tienen robots no necesitan crecer ni multiplicarse. ¿Para qué? Con lo estupendamente que se está así, tan tranquilito… El conflicto y la incomodidad es lo que nos mueve como especie. La facilidad no suele ser creativa. Otra cosa es que a algunos tanta creatividad y tanta emoción les sobre un poco.
En cualquier caso, el mundo con robots no se parecería en nada a lo que vemos en películas como La guerra de las galaxias, por ejemplo. Ayer vi una de las entregas de la saga, ¡y los robots se hablaban entre sí! Había capataces de robot y robots que chillaban y un montón más de cosas graciosísimas y totalmente imposibles. Los robots no chillan, porque nada les duele. No hablan, porque simplemente conectándose podrían transmitirse terabytes, es decir millones de megas, billones de datos de información objetiva sin lugar a equívocos. Se trataría de una jerarquía sin discusiones, sin conversaciones, sin negociación. Todo eso es mucho más eficiente que el lenguaje hablado, no da lugar a malentendidos, es exacto y pertinente.  Aunque, como describe Asimov, tampoco tiene ni media gracia.
En cualquier caso, este apartado solo vale para que te des cuenta del terreno que estamos pisando: vida y no vida, conciencia… Grandes temas que siempre deberíamos tratar con antropólogos, psicólogos y filósofos, no con ingenieros genéticos o tecnócratas iluminados: la verdadera importancia y la calidad del ser humano está en lo que hace y cómo se comporta con otros seres humanos. Todo lo demás es secundario. En el caso de los sistemas, seres automáticos que están poblando nuestro mundo, nadie está mirando ni estudiando realmente su comportamiento ni su impacto, mientras que llevamos derramados ríos de tinta sobre cómo se construyen».


Está claro que hay mucho que decir sobre este tema y que en el futuro esta no va a a ser una cuestión de cuatro locos. Es muy probable que tengamos que tomar importantes decisiones al respecto para las que deberemos estar preparados...

Os recomendamos que podéis adquirir el libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí

martes, 17 de enero de 2017

El móvil: la máquina de absorber el tiempo

Extractamos a continuación un texto del libro El mundo transparente, de la autora Sylvia Díaz-Montenegro sobre nuestro uso del móvil. Como podemos ver, nuestra autora sustenta ante su madre la tesis de que el móvil nos roba el tiempo —tesis que de alguna manera todos más o menos inconscientemente sospechamos o de la cual estamos profundamente convencidos—, apoyándola en la evidencia real, no por trivial menos contundente: «El móvil te roba el tiempo porque te lo llena de minucias». Pero además, la autora va mucho más allá en su reflexión y nos enfrenta a los profundos cambios que ha generado el móvil en nuestros comportamientos y en nuestras relaciones.

Transcribimos el texto de Sylvia:


Sylvia Díaz-Montenegro, El mundo transparente, mundo digital, tecnología, internet, personas mayores


«Tú, mamá, siempre estás protestando por vernos con el móvil en todas partes. La verdad es que a tu edad, aunque no la aparentes en absoluto, el móvil te divierte solamente un poco, justo cuando lo utilizas para llamar. Para ti, el móvil es un teléfono. Para cualquiera de los adictos, no: está muchísimo menos tiempo transmitiendo voz que datos.
Una cosa que te parece graciosísima es ver en un restaurante a un grupo de personas, o incluso una pareja disfrutando de una cena tête-à-tête, cada uno enfrascado en su pantallita. Es muy absurdo visto desde fuera, pero te tengo que confesar que a mí también me puede haber pasado. Me estoy poniendo colorada ahora mismo según lo escribo.
Pensando en por qué esto ocurre, que es una de las grandes ventajas de que las cosas te den vergüenza, he llegado a la conclusión de que se trata de varias cosas conjuntas:
La primera y más evidente es que el móvil es estupendo para poblar vacíos. Alguien con móvil tarda mucho más en enfadarse cuando espera: puede estar hablando con algunos, poniendo WhatsApp como si no hubiera un mañana, jugando al Tetris (un juego que no te enseño porque te quedarías hasta sin comer) o al Combine (ese es el que me tiene enganchada a mí), o incluso contestando correos. Total, un tiempo superproductivo.
El problema es que lo mismo que decimos para una sala de espera puede ser verdad para un atasco o un semáforo, y entonces se vuelve mucho más peligroso, porque cuando conduces lo primero y principal es conducir, que parece que no, pero llevas entre manos un coloso de alguna tonelada que puede matar en cuanto te descuidas. El problema es que, una vez empiezas a jugar al Tetris, ¿quién es el gracioso que para? Si solo me queda un momentito, de verdad… Y así.
Lo segundo y verdaderamente agresivo es que el móvil es una máquina de interrumpir. Lo miras para cualquier cosa y te encuentras con cinco mensajes esperándote: uno, completamente idiota e indeseado, de alguna de las empresas que te sirven, otro de la clase de los niños, otro más de los colegas de baloncesto, un cuarto de mi hermana, que nos invita a cenar, el quinto un chiste graciosísimo que, seguro, le enseño a quien cene conmigo… Y ahí la hemos liado, porque entonces él también mira su móvil y tiene otros seis mensajes o avisos y por cierto, te tengo que enseñar un vídeo que he recibido… Y ahí nos tienes, cenando alrededor de las interrupciones en lugar de hablar de nosotros, con calma, con silencios, con tiempo. El móvil te roba el tiempo porque te lo llena de minucias.
¿Y por qué dejamos que ocurra? Lo creas o no, yo ya soy cuidadosísima con lo que me interrumpe: ninguno de los mensajes tiene sonido, ninguno puede invadirme la pantalla. Pero aun así... Tus nietos viven en un mundo lleno de estímulos constantes y parecen no tener nunca un momento para la reflexión. Incluso leer se está convirtiendo en un anacronismo y Twitter demuestra que 140 caracteres bastan para lo que esta civilización considera un mensaje.
La conclusión a la que llegan algunos pensadores es que hay un problema con el aprendizaje, con la reflexión, con la profundidad, con la elaboración de conocimiento cuando no dejamos tiempo suficiente para que se elaboren las cosas. Necesitamos entonces excusas para el tiempo sin interrupciones: el deporte como momento de soledad, que aun así llenamos de música, o las reuniones en las cuales se prohíbe el móvil. Miedo me da que pongan wifi en los aviones pero mucho me temo que cuando escribo esto ya es demasiado tarde… 
Lo tercero que se me ocurre es un poco más inquietante: cuando recibes mensajes de personas diferentes a la que tienes enfrente, no solo te tienes que enfrentar a la interrupción y a la reacción instintiva de contestar a un requerimiento. Me parece, además, que ese grupo que está lejos o esa persona que te escribe son una tentación en virtud únicamente de su falta de presencia. Es una conclusión arriesgada, pero, cuando le escribes a alguien, incluso en este mundo de microcartas, de repente ese alguien es tal como lo recuerdas, que es ligeramente diferente de como realmente es y casi siempre mejor. 
Estamos de acuerdo en que el amor por alguien, incluso el afecto real, no puede darse sin piel de por medio, sin llegar a conocerse de cerca y vivir cosas buenas y malas, sin compartir la realidad y gestionarla juntos. La realidad está llena de aristas, y estar cerca de alguien significa compartirlas, algo que muchas veces es incómodo y alguna vez doloroso. De hecho, algunas de ellas están causadas por la misma cercanía, de modo que lo más cómodo es la distancia: cada vez tenemos más tentaciones de instalarnos en la tranquilidad de la lejanía y dejarnos sobrepasar por las olas sucesivas de interrupciones.
Afortunadamente, la mayor parte de nosotros sabe que nada se parece a la sensación de cercanía que uno tiene con alguien querido que está físicamente cerca, esos escasos pero inefables momentos en los que se produce un oasis de silencio en el fragor de la vida y se percibe la increíble unicidad del otro. Dejar el móvil fuera de nuestro alcance es un ejercicio saludable y un esfuerzo necesario para que pueda aparecer un tiempo vacío sin el que no podemos llegar nunca a nada realmente interesante, ni en lo puramente intelectual ni, mucho menos aún, en lo personal.
Da miedo pensarlo, pero ninguno de nosotros está tan lejos de convertirse en una especie de hikikomori. ¡Glups!».

Os recomendamos que podéis adquirir el libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí


miércoles, 28 de diciembre de 2016

La revolución digital

Como suele ocurrir con los grandes cambios, las revoluciones a menudo son silenciosas. Frecuentemente tienen un origen incierto y una evolución sinuosa, pero se acaban imponiendo por la concurrencia masiva de la gente y la ayuda de esa actitud silente.
La revolución tecnológica no tiene vuelta atrás, eso es evidente. Fue una revolución soñada, deseada más o menos conscientemente por una gran parte del planeta y, finalmente, la colaboración en red —transmutada ya en competencia— nos ha llevado hasta donde estamos ahora.
Que, si bien se mira, no es demasiado lejos. Y no porque no se hayan conseguido logros importantes, sino porque es fácil atisbar que tan solo estamos al principio de esa revolución. Pero ya se empieza a perfilar turbiamente la silueta del nuevo mundo. Poco a poco —y no tan poco a poco— podemos ver hacia dónde nos dirigimos y cómo lo estamos haciendo, que quizá sea la cuestión más importante.
Como dice Sylvia Díaz-Montenegro en su libro El mundo transparente, se avecinan o, mejor dicho, ya están aquí, nuevas formas de relaciones comerciales, laborales, personales... Tenemos por delante un mundo con grandes facilidades pero también con grandes peligros. Y en ese mundo ya no valen las antiguas formas, que se ven superadas día a día, ni siquiera sirve la legislación actual, demasiado lenta para hacer frente a entidades con un funcionamiento nuevo y, como no, en el sentido literal de la palabra, revolucionario.

El mundo transparente, Sylvia Díaz-Montenegro, tecnología, internet, mundo digital, personas mayores


Es evidente que este mundo nuevo, el universo digital que Sylvia Díaz-Montenegro denomina El mundo transparente no es, ni mucho menos, un mundo idílico. Por el contrario, es un mundo lleno de retos que deberemos resolver si no queremos que se nos vaya de las manos. Pero no debemos olvidar que, aunque las máquinas estén cada vez más presentes en nuestra vida, este, al igual que los anteriores, es también un mundo humano y un mundo para los humanos. Depende de nosotros crear una nueva sociedad más eficaz, pero debemos luchar para que, al mismo tiempo, también sea una sociedad más solidaria. En adelante, muchos de los trabajos serán —ya lo son— automáticos. Eso significa probablemente que la oferta laboral seguirá descendiendo y deberemos afrontar las consecuencias que ello comporta. Del mismo modo, nos encontraremos con grandes empresas —grandes en cuanto a facturación e impacto social— que apenas tendrán trabajadores, puesto que funcionarán con un software más o menos inteligente y un reducido grupo de personas para su desarrollo y mantenimiento. Aparecerán problemas —hablamos en futuro, pero en realidad es puro presente— con el trabajo, con la subsistencia y con el control de organizaciones cuya transparencia debemos reclamar. Habrá más terrorismo también, puesto que nunca como ahora información y tecnología marcharon tan unidas ni fueron tan accesibles y baratas. El nuevo mundo es frágil, sin duda.
Por otra parte, nunca como ahora hemos tenido la posibilidad de hacer tantas cosas con una facilidad tan grande. Cada vez más la cura de enfermedades antaño epidémicas resulta más cercana. Retos como acabar con el hambre dependen cada vez más de nuestra voluntad de acometerlos. La educación y la cultura pueden llegar hasta el último rincón del planeta gracias a esa misma tecnología. De hecho, en teoría, el sueño de la fraternidad universal debería estar más cerca que nunca. Sin embargo, hoy por hoy, todos sabemos que esto no es así. Pero es verdad que podría serlo. Para ello, tenemos la obligación de luchar por una nueva ética, por unos nuevos valores que nos sigan uniendo.
Hemos dicho antes que este movimiento silencioso que es la revolución digital no tiene marcha atrás. Creemos que tampoco sería bueno que la tuviera. Pero debemos ser conscientes del inmenso poder —o, mejor dicho, los inmensos poderes— que esconde y se esconden tras ella. Los acontecimientos se multiplican exponencialmente y las cosas son cada vez más posibles, para bien y para mal. Por eso, si estamos ante y en un mundo humano —y es evidente que lo estamos— lancémonos a él con ilusión pero, por supuesto, también con responsabilidad.  

Os recomendamos que podéis adquirir el libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí

martes, 29 de noviembre de 2016

La vergüenza en el mundo digital (el cyberbullying)

Como hemos comentado en otras ocasiones, el mundo digital que tan magistralmente nos describe Sylvia Díaz-Montenegro en su libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital, es un mundo nuevo. Eso significa que nunca antes existió nada parecido, que lo estamos creando entre todos y que se está transformando cada día. Pero mucho más que cualquier otro mundo nuevo anterior —para los europeos América fue nuestro último nuevo mundo conocido—, el mundo digital tiene la capacidad de transformar radicalmente nuestra vida. Esas transformaciones, por lo demás, son muy rápidas, a veces imprevisibles, en algunos casos estupendas y en otros verdaderamente desastrosas. Pero lo importante es precisamente no olvidar que aunque estemos ante un mundo digital, los «cacharritos» electrónicos son lo menos importante de él. Porque detrás de esos cacharritos a menudo sigue habiendo personas, es decir, sentimientos, y a veces parecemos olvidarlo. Ahora que es tan fácil destruir la reputación de alguien tecleando unas cuantas palabras envenenadas y enviándolas al ciberespacio, resulta más necesario que nunca establecer un nuevo código moral para desenvolvernos con cordura en este mundo. Si queremos sobrevivir a la era digital, paradójicamente tendremos que ser humanos, lo que implica ser éticos. Sylvia Díaz-Montenegro lo explica claramente en el capítulo de su libro dedicado al ciberbullying, algo que con demasiada frecuencia y con escasa conciencia practicamos.

El mundo transparente, ciberbullying, Sylvia Díaz-Montenegro, mundo digital, universo digital, internet









El  caso Monica Lewinsky  


«Tanto tú como yo, mamá, hemos entrado en algún restaurante elegantísimo, un día de mucho compromiso, con un tomate en la media negra del que no nos habíamos dado cuenta. No sé si exactamente así, pero algún caso parecido seguro que le ha ocurrido a cualquier mujer de cierta edad. Es cuestión de probabilidad. Ese día, al darnos cuenta, pasamos una vergüenza mortal. Un ratito. Una semana después lo habíamos olvidado, con mucho esfuerzo. A lo mejor algún imprudente te lo recordaba en un momento dado, pero solo era momentáneo.
En lo digital, la memoria es mucho más larga. Para empezar, todo el mundo a tu alrededor lleva una cámara de enorme precisión. Todo el mundo a tu alrededor puede grabar un vídeo en cualquier momento. Todo el mundo a tu alrededor está conectado a internet, a Facebook, a YouTube y le puede parecer divertidísimo compartir cómo entraste con ese tomate en la pantorrilla. El alcance se convierte en amplísimo. En el mundo digital, te puedo poner en la picota y mantenerte allí para siempre.
En el ejemplo que te he puesto, ese tomate es la razón de la burla. Los humanos sabemos que en realidad ni siquiera hace falta una razón. Ser objeto de burla o crítica depende solo de la intención que tenga el que se burla o critica, y nunca de qué ha hecho el criticado.
Los sentimientos de compasión, entendiendo por compasión el cariño que hace que uno no se ensañe con otro, no se producen con facilidad, posiblemente porque no se puede ver el daño que se hace al que ha sido atacado. También he leído la opinión de que nuestra propia importancia ha crecido tanto, en este mundo de satisfacciones inmediatas, que ya no somos capaces de imaginar cómo se siente el otro. Sea como sea, al no existir el freno de la compasión, esos linchamientos, a veces tremendos de ver, pueden ser muy intensos y multiplicarse en el tiempo, porque la información tiene mayor alcance y existe menos cercanía con las personas.
Ese efecto de avergonzar, o incluso de amenazar, en el mundo digital se llama bullying, de toro —bull en inglés—; pero de toro que ataca, no de toro al que se torea. Es un poco desconsolador volver a ver cómo, si nos descuidamos, los mensajes que florecen con más facilidad son los mismos que en toda la historia: la cólera, la crítica y la burla. A cambio, también lo hacen los chistes; y también las grandes oleadas momentáneas de compasión a todo un grupo, a toda una categoría de víctimas, pero es que seguimos siendo humanos, capaces de lo mejor y de lo menos bueno.
Sin embargo, en el mundo digital está el problema añadido de la falta real de cercanía, y no se ve el daño que se hace. El que está herido ni siquiera se manifiesta en las redes donde se le ataca, así que el escarnio no se ve y nada frena el linchamiento, cuando en el mundo físico sí cabría la posibilidad de que ocurriera, aunque sabemos que tampoco es siempre así.
En general, sin pensar en los comportamientos extremos de ataque personal, avergonzar es la manera que tenemos de hacer que alguien recapacite sobre un comportamiento que no nos gusta; deja de ser útil cuando el otro está avergonzado, porque ya siente pena por su comportamiento. Eso es lo que de toda la vida se ha llamado contrición y que las sociedades han utilizado para evitar comportamientos juzgados como nocivos. En el mundo digital, los avergonzados no están. No aparecen. No se atreven. Eso sí, el escándalo sigue vivo siempre, porque cualquiera puede volver a encontrar cuando quiera todo el material del escarnio.
Cuando se piensa en Monica Lewinsky, es escalofriante el infinito desprecio en el que ha vivido esta mujer; con veintidós años cometió un error que muchas jóvenes han cometido desde que el mundo es mundo. La pobre se enamoró de un señor casado, lleno de carisma y poder, para el que trabajaba. Me da casi lo mismo que se enamorara o no, el error es el mismo porque esta mujer sigue avergonzada a día de hoy, 20 años después.
Es cierto que tuvo la mala suerte de enamorarse del presidente de los Estados Unidos, y también de ser el primer gran escándalo de la época digital, pero la cosa es que ahí sigue, vivo y cruel como el primer día, o casi, sobre todo para ella y su familia. Todos han quedado para siempre avergonzados y cuesta pensar cómo podría esa mujer volver a una vida normal de adulto. De nuevo, me es indiferente que se haga rica con sus memorias.
Hay mecanismos que aún no están instalados en el mundo digital, como el de la caridad, el olvido o el respeto de las minorías, que es todo lo mismo. Es verdad que en el mundo físico tardaron miles de años en instalarse. Tenemos ahí un mundo nuevecito con muchos de los fallos, otra vez, del mundo físico y quizás de todo mundo humano».


Como dice Sylvia Díaz-Montenegroconviene que pensemos en dónde nos estamos metiendo y si quizás nos convendría cambiar ciertas actitudes, al menos a aquellos que tengamos un mínimo de buena entraña.

Os recomendamos que podéis adquirir el libro El mundo transparente. Un paseo con mi madre por el universo digital sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí