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lunes, 30 de enero de 2017

Contra los TCA: iniciar conversaciones

Ante la sospecha de la existencia de un trastorno alimentario, la psicóloga Irene Alonso Vaquerizo nos sugiere en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas como ayuda a familiares y personas cercanas al afectado que, entre otras cosas, iniciemos conversaciones con este. Para ello nos da los siguientes consejos: 

«Puedes abordar este tema directamente, pero ten en cuenta que a veces no tendrá el efecto esperado. Una de las quejas más frecuentes de las personas cercanas al afectado, ya sea adolescente o adulto, es la dificultad para hablar del problema. La persona se suele mostrar esquiva, molesta o sorprendida, lo que genera mucha frustración y enfado en los cercanos. Voy a utilizar un ejemplo que seguro que todos podemos entender: para muchas personas es incómodo hablar de sus problemas aunque sea con su madre o pareja y esa resistencia se incrementa si la persona que saca el tema lo desconoce por completo, haciendo imposible ponerse en lugar del otro. Para hablar del tema podrá ayudarte observar la conducta de la persona e informarte de lo que puede estar pasando a través de libros o especialistas. Antes de abordar el tema hemos de preparar el terreno, prestar atención a como está la comunicación con el afectado. Si esta se halla en un buen momento podrás abordar la cuestión, para ello la información previa puede ser positiva. Sin embargo, hay que tener en cuenta que es bastante frecuente cuando aparece un problema de este tipo que las relaciones se tensen y crispen. Por tanto lo primero es favorecer la comunicación. ¿Cómo se hace eso? Pues con mucha paciencia y buena voluntad y sin perder el objetivo, que es ayudar al otro. Comienza por hablar de cualquier actividad común o de interés de la persona. Trata de desbloquear la situación, acércate con una atención sincera al otro. Una vez restablecida la comunicación, podréis expresar o comentar vuestras observaciones utilizando frases del tipo: "Hace tiempo que te noto nerviosa", "Te veo agobiado y descansas poco", "Te noto triste", "¿Sabes qué te pasa?", "¿Qué te preocupa?"... Es decir, comentar aquello que observes diferente en su actitud o en su comportamiento. Como verás no estoy diciendo nada respecto a la alimentación, la imagen corporal o el deporte. Estas manifestaciones, sobre todo cuando la comunicación no es buena, es mejor no abordarlas al principio de la conversación o en la primera charla, ya que sin duda habrá muchas más. No lo considero positivo por tres motivos:


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Primero
Lo que vemos desde fuera no es el problema. Las alteraciones con la comida, el peso, la imagen, etc..., solo son la punta del iceberg. Estas actitudes no son el centro de la cuestión, sino que este lo constituye el sufrimiento emocional. No darse cuenta de esto sería como regañar a alguien porque sus notas han bajado cuando resulta que tiene un problema de vista y no ve la pizarra. Además, predispone a la persona en contra, puesto que el trastorno es la única forma que ha encontrado para hallar la calma ante su malestar interno (ansiedad u otras emociones). En definitiva, es como querer parar los síntomas de una infección con analgésicos sin prestar atención a lo que la produjo. Aunque no sepamos su origen, sabemos que eso no cura, que solo quita el dolor.

Segundo
La insistencia a hablar de comida solo genera distanciamiento. Es posible que anteriormente ya se hayan hecho muchas referencias a la alimentación o al ejercicio, sin ningún resultado positivo. Del mismo modo tampoco recomiendo decir frases del tipo: "Ya sé lo que te pasa, tienes anorexia", "Comiendo así te vas a meter en un problema"... Recordemos que el problema es emocional, aunque ello pueda llevar a consecuencias físicas que, desde luego, habrán de considerarse en el tratamiento. Recuerda que tú no eres el experto, eres una persona de la confianza del afectado que pretende comunicar su preocupación y dar apoyo en el proceso.

Tercero:
Es preciso conocer la fase de conciencia en la que se encuentra el afectado, (es decir, la comprensión que tiene este de lo que le pasa). La conversación variará según la aceptación que el mismo tenga del problema y sus ganas de cambiar. 

En resumen, es posible que el afectado piense que no le sucede nada, que lo puede controlar, que no desea cambiar o bien que tenga miedo a no poder hacerlo... Es bastante frecuente que la persona no esté preparada para escuchar que eso que le sucede tiene un nombre. Por tanto, dado que tu interés primordial es acercarte para expresar tu preocupación, ayudar a que tome conciencia de su situación y generar un movimiento en el otro, utiliza un lenguaje que entienda y no le predisponga al enfado. Para ello, es necesario apoyarte en hechos observables como: "Últimamente no te veo reír", "Estás malhumorada por cualquier cosa", "Creo que no estás bien", "Yo estoy aquí para escucharte y ayudarte", "¿Qué podríamos hacer?"... Según como vaya esa primera conversación y en virtud también de la edad del afectado, podrás expresar más tus observaciones con la comida: "Estoy notando que estás preocupada por la figura y eso no te deja disfrutar", "Veo que has variado tu peso", "Estás tenso en las comidas", "Creo que esto tiene algo que ver con tu estado de ánimo", "He pensado que podrías/podríamos visitar a un especialista para que te ayude y me enseñe a mí cómo ser tu apoyo"...
En este punto es importante tener en cuenta la edad del afectado, porque aunque los cambios observados puedan ser similares, la acción de los cercanos será diferente. Es decir, si es menor de edad, los padres o tutores habrán de llevarle a un especialista, de igual modo que se le lleva al colegio o instituto. Esto no invalida lo anteriormente dicho, es decir, la comprensión de la situación no excluye la firmeza, y es preciso asumir que la responsabilidad es de los adultos. En el caso de los mayores de edad, has de aceptar que serán ellos quienes deberán dar el paso y tener paciencia para ello, recordándoselo de vez en cuando y ofreciéndoles tu apoyo. Evidentemente, si hubiera algún aspecto de su salud física o metal que te preocupara, podéis acudir a urgencias o llamar a emergencias. Pero en ambos casos siempre es recomendable que acudas a un experto o a una asociación para ayudarte a llevar a cabo esta tarea». 

Os recomendamos que podéis adquirir el libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La cara oculta de los trastornos alimentarios sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí.

domingo, 8 de enero de 2017

El peligro de las dietas

Como señala Irene Alonso Vaquerizo en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas, algo tan aparentemente inocuo como comenzar una dieta puede ser el desencadenante de un trastorno alimentario. Veámoslo en sus propias palabras:

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«Hacer dieta, sobre todo si no está monitorizada por un experto, favorece una mala regulación del organismo, y más aún si dura mucho tiempo y es muy restrictiva. No es lo mismo una dieta variada que incluya los alimentos básicos de la pirámide de alimentos, sin abusar de grasas, precocinados o bollería industrial, que otra que restrinja nutrientes. 
Estar a dieta de forma habitual dificulta experimentar las sensaciones de hambre y saciedad. Es decir, se altera la percepción de hambre al aprender a ignorar las indicaciones del organismo. Todo ello produce gran confusión en la persona, que empieza a preocuparse por lo que come y a temer excederse. De forma menos intensa, es posible que cualquier persona que haya estado a dieta un tiempo, aunque no padezca un TCA, haya podido experimentar cierta confusión o alteración de sus sensaciones internas o haber temido pasarse en la ingesta, aunque haya sido ligeramente.
Hacer dieta altera el set point o punto de ajuste del mantenimiento del peso corporal. Es un punto de referencia que tienen las estructuras cerebrales encargadas de la regulación de la ingesta y el peso corporal. En esta regulación influyen diversos factores: genéticos, niveles de leptina (hormona segregada por los adipocitos: células que almacenan grasa), actividad física (deporte y actividad en general) y peso habitual (el que se mantiene durante la mayor parte de la vida). Es decir, tendemos a mantener un peso. Algunos estudios sostienen que no es posible cambiarlo mientras otros afirman que sí, aunque para ello será necesario tiempo y adoptar nuevos hábitos que van más allá del mero hecho de hacer dieta. El punto de ajuste es el responsable de que una persona, cuando deja de hacer dieta, recupere el peso o incluso añada algún kilo más (lo que suele llamarse «efecto rebote»). En cualquier caso, el inicio de una dieta no es algo inocuo para el organismo y variar o eliminar la ingesta de ciertos alimentos de forma excesiva, sin control experto y mantenido en el tiempo, puede producir alteraciones en la persona a niveles físicos, emocionales, cognitivos y sociales:

Riesgos físicos: descenso de la grasa corporal y musculatura, trastornos gastrointestinales, pérdida de fuerza, alteraciones en el sueño, dolores de cabeza, sensación de mareo, aumento del frío corporal (en manos y pies), pérdida de cabello e incluso incremento de la sensibilidad a la luz y al ruido, entre otros.

Problemas emocionales: apatía, tristeza, culpa y cambios de ánimo, acompañados en ocasiones de irritabilidad y agresividad.

Alteraciones cognitivas: obsesión y preocupación por la alimentación, dificultad para la concentración y el aprendizaje, descenso de la comprensión y alteraciones en la capacidad para razonar.

Cambios sociales: descenso del interés en la realización de actividades con otros y aislamiento.

Debo recalcar que comenzar una dieta es el riesgo más directo e inmediato para padecer anorexia. Los episodios de restricción también podrán dar paso a la bulimia en la que, además de la reducción de la ingesta, aparecerán los atracones». 

Es preciso, por tanto, que presentemos atención a estas actitudes a las que ninguno de nosotros somos ajenos. Por supuesto que las dietas pueden ser muy beneficiosas e incluso imprescindibles en algunos casos, pero hay que tener en cuenta que si no se llevan a cabo con un seguimiento adecuado pueden producir alteraciones en nuestro organismo que es posible que lleguen a ser irreversibles o, al menos, muy costosas de deshacer. No es cuestión de volverse aprensivos, pero sí de no olvidar qué terreno estamos pisando. 

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viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Por qué se produce un trastorno alimentario?

Es frecuente que los problemas nos sorprendan. Y más aún los problemas psicológicos. A veces parece como si surgieran de la nada, que aparecieran cuando todo parece ir bien. Pero en realidad eso no es así casi nunca. Lo que la mayoría de la veces ocurre es que no somos sensibles a lo que está sucediendo. Lo confundimos con otras cosas, le quitamos importancia o directamente nos negamos a ver el problema.
Para los padres resulta especialmente difícil ser objetivos. Están pendientes de sus hijos —a veces en exceso— pero hay cosas de ellos que a veces no entienden, que no les encajan y que en muchos casos, por esas razones, se niegan a admitir.
Los trastornos alimentarios, como otros problemas psicológicos, pertenecen a esa categoría de problemas que suelen resultar difíciles de afrontar. Empiezan muchas veces por ignorarse o por quitárseles importancia para pasar a continuación a la extrañeza y caer finalmente en el desconcierto. Es por eso que este tipo de trastornos suelen recibir un tratamiento tardío, es decir, se reclama atención cuando el problema se halla en una fase avanzada y la persona afectada ya presenta unos síntomas tan innegables que ni la más pertinaz ceguera podría ocultarlos.
Pero insistimos en que estos trastornos no salen de la nada, no suceden porque sí. Irene Alonso Vaquerizo en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas lo explica con todo detalle. En su práctica profesional y tras una ya larga carrera dedicada al tratamiento de estos trastornos, ha identificado una serie de factores comunes en las personas que los sufren y que, sin duda, explican la génesis y el desarrollo del trastorno. Esta es la breve introducción de los mismos que realiza en su libro:

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FACTORES DE RIESGO O DE VULNERABILIDAD

La aparición de este tipo de alteraciones es el resultado de un tejido que se va formando con los años. Hay una gran variedad de factores de riesgo clasificados en tres grupos: predisponentes, precipitantes y perpetuantes o mantenedores.

Predisponentes

La persona tiene unas determinadas características genéticas, físicas, de personalidad, familiares y sociales, que denominaremos predisponentes. Como su nombre indica, favorecen la posible aparición de un TCA. Se encuentran desde el inicio de la vida y hacen al individuo más vulnerable al trastorno. Pueden ser sobrepeso, baja autoestima, inseguridad e introversión, obesidad y perfeccionismo, prejuicios sociales respecto a la obesidad, malos hábitos alimenticios en la familia y la presión familiar por la figura.

Precipitantes

Además de estos predisponentes, es necesario que tengan lugar uno o varios sucesos para que el trastorno se desencadene. Estos son los llamados factores precipitantes. Son estresores de la vida de muy diversa índole: cambio de vivienda, comentarios negativos sobre la figura, insatisfacción general con uno mismo o el propio estrés. También pueden ser factores precipitantes una ruptura sentimental, la pérdida de un ser querido y, sobre todo, el inicio de una dieta. Un ejemplo para entender el efecto de estos precipitantes sería verlos como la gota que derrama ese vaso lleno de características predisponentes.

Mantenedores

Son los que prolongan la evolución del trastorno, una vez se ha desencadenado el proceso. Por ejemplo, una alimentación incorrecta que genera desnutrición, refuerza la imagen corporal negativa y provoca fluctuación de los estados del ánimo, ansiedad, depresión o  irascibilidad, entre otros.

Como se puede ver —y se describe mucho más detalladamente en el libro de Irene Alonso Vaquerizo— nada sucede por casualidad. La buena noticia es que si se dispone de la debida información estos trastornos son previsibles y, en esa misma medida, evitables. De nuestra voluntad por erradicarlos depende su desaparición.

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lunes, 5 de diciembre de 2016

La realidad de la sobredotación

A menudo consideramos que sabemos cosas que en realidad ignoramos. Esto nos ocurre a todos y es normal. La razón es que con frecuencia simplificamos y agrupamos bajo una palabra nuestras ideas preconcebidas. El problema surge cuando la realidad nos devuelve la pelota, lo cual sucede cuando esas ideas chocan contra ella. No falla, da igual de qué estemos hablando, siempre es así.
La sobredotación —término ahora más políticamente correcto, pero equivalente al de superdotación— es un ejemplo claro de esto. Si le preguntamos a alguien que desconozca esta realidad qué es un sobredotado contestará indefectiblemente que alguien muy listo y se imaginará una persona (normalmente un niño) probablemente con gafas de empollón, un tanto repipi y que sabe muchísimo de algo, como si se tratara de un catedrático en miniatura o alguien así.
Lo cierto es que este tipo de niños sobredotados existe. Hay chavales que responden a ese esquema, eso es innegable. Sin embargo, la mayoría de los sobredotados desgraciadamente no son así. Tenemos que decir algo que ahora no gusta oír y es que los sobredotados son diferentes. No son solo personas con un cociente de inteligencia mayor —que, obviamente, lo son, así se define la sobredotación— sino que son personas con una sensibilidad distinta y en ocasiones muy superior a la de las personas que antes llamaríamos normales y que hoy denominamos, sin duda más acertadamente, capacitadas. Por eso, en las primeras fases de la vida, en la que la atención a los niños es esencial, lo es doblemente la detección y la atención a los sobredotados, no solo para que puedan desarrollar sus capacidades intelectuales sino para que desarrollen también sus capacidades emocionales. En la etapa inicial de la vida, si estas personas no reciben los cuidados necesarios y tienen el seguimiento adecuado no es solo que se puedan limitar sus potencialidades estudiantiles y las laborales del futuro, sino que se puede producir una frustración emocional profunda, al sentir que no son entendidos o que son despreciados. Por eso, el drama no es ya que estas personas no lleguen a desarrollar su brillantez, sino que si no cuentan con la atención necesaria su inteligencia puede volverse en su contra y llegar a convertirse en «infradotados» emocionales, incapaces incluso de madurar y de llevar una vida normal. Por eso hablábamos antes de la diferencia. Por supuesto que es importante que los sobredotados se integren con las demás personas —de niños al principio y más tarde con el resto de la sociedad— pero para ello, al menos en las primeras etapas, es necesario que los tratemos de forma distinta (lo cual no implica separación ni segregación de ningún tipo) a los demás, ya que en el mejor sentido del término sin duda lo son. Igual que un vaso de vidrio es diferente de uno de plástico y aquel necesita mucho más cuidado que este —puesto que se puede romper con facilidad mientras que eso es algo mucho más difícil que suceda con el plástico— los sobredotados necesitan que les ayudemos a entender a aquellos que no son como ellos y sobre todo a entenderse a sí mismos. Al mismo tiempo, los que no lo somos debemos aprender a aceptarles, a comprender su manera de hacer —en ocasiones muy diferente de la nuestra— y a proporcionarles el mejor sustrato para que sus capacidades florezcan.

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Mucha gente se sorprende cuando se entera de las enormes cifras de fracaso escolar que hay entre los sobredotados. Mucha gente no sabe que muchos sobredotados acaban desempeñando tareas laborales muy por debajo de sus capacidades. Por último, muchas personas desconocen que la vida emocional de muchos sobredotados es un infierno y que viven en el más completo aislamiento rodeados de un océano de incomprensión.
Abramos los ojos a la realidad. A día de hoy, aunque resulte paradójico y sin duda sea triste, la sobredotación es una discapacidad. Resulta chocante que sea así, pero lo es, aunque la razón está más en nuestra incapacidad de comprender que en la suya de adaptarse. Pensemos que tenemos un Fórmula 1 y lo hacemos correr por el medio del campo. Evidentemente no sería capaz de recorrer ni diez metros seguidos. ¿Qué conclusión sacaríamos? ¿Que el coche es una porquería? Evidentemente no, sino que por ese firme un coche de esas características no puede desplazarse, aunque puedan hacerlo otros muchos digamos «peores» sin ninguna clase de problema. Sin embargo, si lo colocamos sobre una autopista no habrá vehículo que lo alcance. Con los sobredotados ocurre lo mismo. Ante todo debemos entender su sensibilidad, esa sensibilidad que los hace débiles si no les ayudamos a crecer y, como decíamos antes, a desarrollar sus capacidades intelectuales pero también y, sobre todo, humanas.
Marta E. Rodríguez de la Torre en su libro Hay alguien ahí nos recuerda todas estas cosas. Nadie mejor que una sobredotada como ella para contarnos de primera mano esta realidad con un objetivo primordial: enseñarnos a hacer lo posible por cambiarla.

Os recomendamos que podéis adquirir el libro ¿Hay alguien ahí? Luces y sombras de la sobredotación sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí

lunes, 21 de noviembre de 2016

La historia de Elisa

Esta también es una historia, pero no tiene nada que ver con la que describía el post anterior. Además, en este caso, la escritora, la psicóloga Irene Alonso Vaquerizo, en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La otra cara de los trastornos alimentarios, ha preferido ocultar tras ese nombre ficticio a otras «Elisas» reales. Porque tras esta «Elisa» se esconde la terrible realidad de la anorexia que sufren muchas «hijas perfectas». Sin duda, muchos padres reconocerán a sus hijas en la Elisa del relato de Irene.


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«Elisa tiene catorce años y está cursando 3º de la ESO. Es alta y morena con unos grandes ojos verdes, que es lo que más le gusta de ella y quizá lo único. Siempre fue una niña delgada, buena estudiante con notas muy altas, responsable, buena amiga de sus amigas, obediente y dócil.

Preocupada por las notas, todas las tardes hacía los deberes y no paraba de repasar hasta que estaba absolutamente segura de que se lo sabía todo. Cuando empezó la ESO, comenzó a levantarse antes por la mañana para estudiar. Cada vez tenía más dudas de poder superar los exámenes y se angustiaba si no lograba la nota esperada. Una calificación por debajo del sobresaliente se convertía en un auténtico drama y entraba en un estado de tristeza que favorecía su inseguridad y le generaba pensamientos de incapacidad, algo que superaba estudiando mucho más. Y aunque las calificaciones mejoraron, Elisa estaba cada vez más preocupada por sus estudios y nunca le parecía que su esfuerzo fuera suficiente. 
Sus padres se sentían muy orgullosos de esa niña tan responsable. Los profesores alababan sus éxitos en clase y la ponían como ejemplo en el aula. Sus compañeros no comprendían porque se entristecía tanto cuando no alcanzaba la calificación esperada e incluso alguno se burlaba de ella. Se sentía sola e incomprendida. 

Elisa no tiene hermanos, nació cuando sus padres eran mayores y habían abandonado la esperanza de tener hijos. Fue un regalo para ellos y para toda la familia. Tan buena, tan ordenada, tan estudiosa, tan constante, tan dulce, tan guapa, tan lista... un ejemplo continuo para sus primos.

Los padres, conscientes de las capacidades de su hija, le exigían buenas notas, incluso en materias en las que no destacaba. Pero la veían tan abatida cuando no obtenía altos resultados que solo podían apelar a su voluntad para animarla: «Tú eres capaz de mejorar, si te esfuerzas», «Puedes conseguir todo aquello que te propongas».
También favorecían la matriculación en actividades extraescolares como inglés y alemán. Querían darle todo lo mejor para que tuviera un futuro prometedor. Ella acudía contenta y también era un ejemplo para sus compañeros, siempre tenía los deberes hechos y alcanzaba buenas notas. 

Al tiempo, Elisa quiere mucho a sus abuelas y se siente preocupada por su salud. Va a visitarlas todas las semanas, algo que ellas agradecen y la convierten de nuevo en un ejemplo para sus primos.
Tiene una amiga del alma, Teresa, desde que entró en infantil. Es como su hermana, le cuenta todo y confía plenamente en ella. Con los demás compañeros se siente tímida e insegura. 

Pero Teresa no para de hablar de chicos y ella se siente incómoda. Ya no quiere hacer las cosas que le gustaban antes: patinar los sábados, pasear a los perros por las tardes, ver películas juntas... No le dice nada, pero nota cómo se va alejando de ella y tiene otras amigas nuevas. Cuando Teresa está con estas chicas, no es la misma. Se ríe, dice tonterías e incluso habla de hacer botellón. Elisa se queda sola dentro del grupo y pone excusas para no salir.

A menudo, siente que no le gusta su cuerpo. De pequeña se veía guapa pero, últimamente, no se ve bien delante del espejo. En clase tiene muchas compañeras que solo hablan de lo gordas que están y no paran de comentar dietas y trucos para parecer más delgadas. Elisa se siente como un bicho raro».

¿Quieres seguir leyendo «La historia de Elisa»? Entra AQUI y encontrarás un PDF con la continuación.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Un mal de nuestro tiempo

Es de todos sabido que muchas de las enfermedades que sufrimos son, sin duda, al menos en cierta medida, producto de nuestra época. Del mismo modo que hay enfermedades físicas que a día de hoy están extinguidas, como la peste, la polio, el escorbuto o la lepra, por lo menos en nuestro mundo occidental, han aparecido otras nuevas como el sida, el ébola y otras enfermedades infecciosas, además de aquellas cuyo desarrollo hemos incrementado con nuestras actitudes poco responsables, como las enfermedades respiratorias debidas al tabaquismo o las cardiovasculares causadas por nuestros deficientes hábitos alimentarios.
Con las enfermedades que podríamos llamar mentales ha ocurrido tres cuartos de lo mismo. De la «histeria» descrita por Freud en el siglo XIX y hoy prácticamente olvidada, aunque obviamente se siguen manteniendo otros trastornos tradicionales de mayor o menor envergadura, hay otros trastornos como la depresión o a los trastornos de pánico que se han convertido en endémicos.
Del mismo modo, los trastornos alimentarios, que apenas eran significativos a mediados del siglo pasado —aunque, como es lógico, han existido desde siempre— se han desarrollado espectacularmente en estos primeros años del siglo XXI y en la actualidad presentan un crecimiento exponencial.

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Como señala Irene Alonso Vaquerizo en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La cara oculta de los trastornos alimentarios, estos trastornos son variados, aunque los más conocidos por ser sin duda los más llamativos, sean la anorexia y la bulimia. Pero el universo es más complicado. También lo es el espectro de afectados: en la actualidad no sólo se trata de chicas adolescentes, sino que también encontramos mujeres adultas y últimamente se está incrementando de manera significativa el número de varones que desarrollan estas patologías.
La explicación de la proliferación de estos trastornos no es difícil de encontrar. Evidentemente, responden a la expresión de un malestar psicológico, pero lamentablemente también son fruto de una cultura que ensalza unos valores de belleza física más que discutibles y cuyo cumplimiento se hace en la mayoría de los casos imposible.
Por todo ello, lejos de culpabilizar a los afectados y pensar que actúan de forma caprichosa, haríamos mejor en comprenderlos y en ayudar a sus familiares a encarar estos trastornos, al mismo tiempo que deberíamos luchar para que imágenes como la que refleja la fotografía dejen de convertirse en un referente que sirva de modelo para otras personas que no solo intentarán imitar a estas modelos sino que harán lo posible por llegar todavía más lejos, arruinando en muchos casos su vida y las de sus seres queridos y, lo que es aún más triste, coqueteando incluso con la muerte.

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jueves, 27 de octubre de 2016

Los sobredotados y las emociones

Probablemente la mayor dificultad vital de un sobredotado consiste en desarrollarse emocionalmente de manera sana. Es la capacidad de gestionar sus emociones, de administrar su inteligencia en suma, el principal caballo de batalla con el que estas personas tendrán que lidiar a lo largo de su vida.
Para aquellos que desconocen a los sobredotados, resulta chocante en ocasiones que personas que demuestran fácilmente su brillantez a la hora de realizar razonamientos complejos o llevar a cabo tareas de gran dificultad intelectual, encuentren al mismo tiempo enormes obstáculos para desenvolverse socialmente de una manera productiva, eficaz y gratificante.

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Marta Eugenia Rodríguez de la Torre, en su libro ¿Hay alguien ahí? Luces y sombras de la sobredotación trata muy sutilmente esa cuestión a través de la figura de Miguel, el protagonista ficticio del libro.
A lo largo de sus páginas, Marta va desgranando las diferentes etapas del crecimiento de Miguel y perfilando la construcción de sus relaciones y su desarrollo  emocional. Resulta curioso observar, dejándose llevar por la sabia y certera mirada de la autora, cómo Miguel va interactuando con el mundo y generando o sufriendo las consecuencias de las diferentes relaciones que establece. A través de su personaje, Marta nos enseña la llamativa hipersensibilidad de muchos sobredotados que, según el ambiente en el que se desarrollen, pueden estar abocados a la incomprensión más absoluta, lo cual es un fenómeno que a la inversa raramente sucede, porque es raro que los sobredotados no sean comprensivos con las flaquezas o la falta de inteligencia de los demás. Simplemente, parecen usar un doble rasero: mientras aplican la indulgencia con el prójimo, son terriblemente duros consigo mismos. No es que sean mejores o peores personas que los demás, es que su mente hiperlógica les permite ser mucho más objetivos, y por ende comprensivos, con el resto que con ellos mismos. Ahí reside en ocasiones su talón de Aquiles: los sobredotados no son buenos para analizarse y menos aún para juzgarse, por lo que demasiado a menudo acaban siendo víctimas de personas más irresponsables, ignorantes, egoístas  o simplemente crueles, y ven frustrados sus talentos por caer en manos de personas de esas características que con frecuencia los utilizan o no los tratan como sería lógico o razonable.
Evidentemente, esto no pasa siempre. Pero cuando no ocurre es porque entre el sobredotado y los que le rodean existe un clima de comprensión, entendimiento y respeto. Ese es el reto que tenemos todos: ayudar a desarrollar una convivencia fructífera entre personas de diversas capacidades. No es un reto imposible, ni mucho menos. Pero hay que empezar por desarrollar el conocimiento para poder llegar a la comprensión. Dependerá de nosotros y tendremos que esforzarnos, porque todavía nos queda mucho camino por recorrer.

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