domingo, 8 de enero de 2017

Olvidar o no olvidar

Aunque parezca contradictorio, en el arte de la mnemotecnia también es preciso aprender a olvidar o, cuando menos, gestionar la memoria según nuestros deseos para evitar siquiera convertirnos en inmensos almacenes de datos caducados y, por tanto, carentes de sentido. Esto lo explica fantásticamente bien Luis Sebastián Pascual en su libro La pastilla verde, como veremos a continuación:

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Olvidar

«¿Existe alguna fórmula que nos permita «borrar» las imágenes de nuestra memoria? Así podríamos reutilizar los lugares de una ruta indefinidamente sin temor a interferencias, es decir, sin que se nos pudieran confundir las imágenes viejas con las nuevas imágenes.
En un conocido artículo de Umberto Eco, el autor italiano razonaba, en oposición al arte de la memoria (ars memoriae), sobre la imposibilidad de desarrollar un arte del olvido (ars oblivionalis).
Los antiguos tratados del renacimiento aconsejaban, para que los datos viejos no interfiriesen con los nuevos, borrarlos imaginando los lugares vacíos, sin ninguna imagen asociada: "y para que esta figuración sea más sólida, podemos inventarnos a un hombre cualquiera que enfadado espanta las imágenes de todos los lugares".
Sin embargo, para Eco, "esta técnica permite a uno, no olvidar, sino recordar que quiere olvidar algo".
Lo más parecido a una técnica del olvido consistiría, explica Eco, en superponer a una imagen muchas otras lo más similares posibles hasta el punto de que, confundidos, no logrando acertar con la imagen correcta, nos viéramos incapaces de rememorar el dato solicitado. Sería como haberlo olvidado.
Pero esto, claro, más que olvidar consiste en inutilizar la memoria por saturación. Y ese extremo es precisamente el que tratamos de evitar.
El psicólogo Alexander Luria retrata en el libro Pequeño libro de una gran memoria la vida y milagros de Salomón Shereshevski, el hombre incapaz de olvidar y cuya excepcional memoria estudió durante casi treinta años.
En un momento dado, S —así se le nombra a lo largo del libro— decide sacar provecho a sus facultades y entra en el mundo del espectáculo haciendo exhibiciones de su prodigiosa memoria. En sus sesiones, uno de los juegos consistía en memorizar una larga cantidad de cifras anotadas en una pizarra, y solía dar varias sesiones en una misma tarde. Pero el temor de S no era que pudiera olvidar algún número, sino que al rememorar los números se confundiese con los de una sesión anterior.
Instintivamente dio con una solución muy parecida a la que aconsejan los antiguos tratados del renacimiento: "Tengo miedo de confundir las diversas sesiones. Por eso borro mentalmente la pizarra y la recubro de una película totalmente opaca e impenetrable…". Ahí está el hombre enfadado espantando los números fuera de la pizarra y dejándola limpia, lista para una nueva sesión.
Pero el truco no siempre daba buen resultado: "Y, sin embargo, tan pronto como me acerco a la pizarra, las cifras pueden aparecer de nuevo".
Por tanto, no habiendo una técnica segura que evite posibles interferencias, la mejor opción es "abandonar"» los lugares de la ruta durante un tiempo y dejar que el olvido lleve a cabo su natural trabajo de "limpieza".
El paciente de Luria, por cierto, habría evitado sus problemas —o los habría mitigado al menos— simplemente usando una pizarra distinta para cada sesión (una rota, otra cuadrada, otra sin marco, etc.) o incluso, aun con la misma pizarra, empleando en cada sesión un color de tiza diferente.
Disponiendo de varias pizarras, una para cada sesión, aquella de la esquina rota no volvería a utilizarla al menos hasta el día siguiente; aun cuando recordase todos los números puestos en ella, durante ese plazo de 24 horas ocurrirían suficientes cosas que aprovechar como referencia temporal. Cuando los números de la pizarra volviesen a su mente, ¿estos se propusieron antes o después de acostarse?, ¿antes o después del desayuno? Si fue antes, se trataría de los números de la sesión de ayer y podría distinguirlos de aquellos propuestos hoy.
Contar con varias pizarras habría sido como disponer de varias rutas que usar alternativamente. La cuestión es dejar transcurrir el tiempo suficiente para que, aun cuando al volver a la primera de las rutas sigan presentes muchas imágenes, podamos al menos distinguir las más viejas de las más recientes.
En todo caso, S dio finalmente con una solución eficaz, pero un tanto singular:
"Un día, era el 23 de abril, tuve tres sesiones seguidas. Estaba físicamente cansado y pensaba en la forma de llevar a cabo la cuarta sesión. Temía que se me apareciesen los cuadros de las tres anteriores… Era un problema terrible para mí… ¿Vería o no el primer cuadro?... Tengo miedo de que ocurra… Quiero que no aparezca… Y pensé: el cuadro ya no aparece y sé la razón: ¡yo no quiero que aparezca! ¡Ah!... 'Por consiguiente, si yo no quiero, no aparece'. Entonces todo radica en que tome conciencia de ello"».

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El peligro de las dietas

Como señala Irene Alonso Vaquerizo en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas, algo tan aparentemente inocuo como comenzar una dieta puede ser el desencadenante de un trastorno alimentario. Veámoslo en sus propias palabras:

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«Hacer dieta, sobre todo si no está monitorizada por un experto, favorece una mala regulación del organismo, y más aún si dura mucho tiempo y es muy restrictiva. No es lo mismo una dieta variada que incluya los alimentos básicos de la pirámide de alimentos, sin abusar de grasas, precocinados o bollería industrial, que otra que restrinja nutrientes. 
Estar a dieta de forma habitual dificulta experimentar las sensaciones de hambre y saciedad. Es decir, se altera la percepción de hambre al aprender a ignorar las indicaciones del organismo. Todo ello produce gran confusión en la persona, que empieza a preocuparse por lo que come y a temer excederse. De forma menos intensa, es posible que cualquier persona que haya estado a dieta un tiempo, aunque no padezca un TCA, haya podido experimentar cierta confusión o alteración de sus sensaciones internas o haber temido pasarse en la ingesta, aunque haya sido ligeramente.
Hacer dieta altera el set point o punto de ajuste del mantenimiento del peso corporal. Es un punto de referencia que tienen las estructuras cerebrales encargadas de la regulación de la ingesta y el peso corporal. En esta regulación influyen diversos factores: genéticos, niveles de leptina (hormona segregada por los adipocitos: células que almacenan grasa), actividad física (deporte y actividad en general) y peso habitual (el que se mantiene durante la mayor parte de la vida). Es decir, tendemos a mantener un peso. Algunos estudios sostienen que no es posible cambiarlo mientras otros afirman que sí, aunque para ello será necesario tiempo y adoptar nuevos hábitos que van más allá del mero hecho de hacer dieta. El punto de ajuste es el responsable de que una persona, cuando deja de hacer dieta, recupere el peso o incluso añada algún kilo más (lo que suele llamarse «efecto rebote»). En cualquier caso, el inicio de una dieta no es algo inocuo para el organismo y variar o eliminar la ingesta de ciertos alimentos de forma excesiva, sin control experto y mantenido en el tiempo, puede producir alteraciones en la persona a niveles físicos, emocionales, cognitivos y sociales:

Riesgos físicos: descenso de la grasa corporal y musculatura, trastornos gastrointestinales, pérdida de fuerza, alteraciones en el sueño, dolores de cabeza, sensación de mareo, aumento del frío corporal (en manos y pies), pérdida de cabello e incluso incremento de la sensibilidad a la luz y al ruido, entre otros.

Problemas emocionales: apatía, tristeza, culpa y cambios de ánimo, acompañados en ocasiones de irritabilidad y agresividad.

Alteraciones cognitivas: obsesión y preocupación por la alimentación, dificultad para la concentración y el aprendizaje, descenso de la comprensión y alteraciones en la capacidad para razonar.

Cambios sociales: descenso del interés en la realización de actividades con otros y aislamiento.

Debo recalcar que comenzar una dieta es el riesgo más directo e inmediato para padecer anorexia. Los episodios de restricción también podrán dar paso a la bulimia en la que, además de la reducción de la ingesta, aparecerán los atracones». 

Es preciso, por tanto, que presentemos atención a estas actitudes a las que ninguno de nosotros somos ajenos. Por supuesto que las dietas pueden ser muy beneficiosas e incluso imprescindibles en algunos casos, pero hay que tener en cuenta que si no se llevan a cabo con un seguimiento adecuado pueden producir alteraciones en nuestro organismo que es posible que lleguen a ser irreversibles o, al menos, muy costosas de deshacer. No es cuestión de volverse aprensivos, pero sí de no olvidar qué terreno estamos pisando. 

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martes, 3 de enero de 2017

Los deseos de una sobredotada

Como sabéis, Marta E. Rodríguez de la Torre es la autora del libro ¿Hay alguien ahí?, en el que narra la vida de un sobredotado ficticio, Miguel, recorriendo desde su nacimiento hasta su muerte. El libro destila tales dosis de conocimiento y empatía que habría sido imposible que hubiera sido escrito por una persona que no fuera sobredotada. Los que conocemos a Marta sabemos que ella es capaz de esto y de muchísimo más, porque su inteligencia es tan deslumbrante que no deja lugar a dudas sobre su condición. Pero, antes que nada, Marta es sobre todo una gran persona y una gran docente, de modo que queremos comenzar el año con sus mejores deseos, los mismos que podéis encontrar en el epílogo de su libro. Brindamos por ellos.



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«Parafraseando a Pedro Salinas en su poemario La voz a ti debida: a mí también me gustaría vivir en los pronombres, donde solo el tú y el yo bastaran sin etiquetas ni condiciones, sin tiempo ni espacio. Así, en la total y absoluta convicción de que el ser humano es solo uno y de que no existen circunstancias que amparen diferencias ni procesos que conlleven dolor. Quizá por eso escribo poesía, y pinto cuadros de tonos rotundos y absolutos con pasta de plomo y lacas de bombilla. Algunas veces quisiera que no existieran culturas ni países diferentes, ni etapas de la historia con evoluciones y retrocesos, ni niños que lloran, ni flores que se marchitan, ni soles que tienen la imperiosa necesidad de acostarse para dormir. Tal vez por eso, cuando compongo música me aferro a los calderones con todas mis fuerzas para ralentizar los tiempos, y adoro los lentos de los compases binarios donde parece que la obertura será una sucesión infinita de silencios y notas acompasadas. Y cuando la partitura acaba, siempre necesito una coda más en el pentagrama. Eso debe ser porque todavía soy joven (aunque no tanto como quisiera), ya que aún me sorprendo con la velocidad y me da miedo que llegue un día donde no tenga ni una palabra que escribir, ni una pincelada que dar, ni una nota que escuchar. Quizás es porque trabajo en lo que quiero y no me vendo por ningún precio.

Pero sé que las cosas nunca son como uno quiere, sino que existen así, aunque solo podamos percibir una parte de su realidad. Y que existen personas discapacitadas, capacitadas y sobredotadas. Todas ellas piensan distinto, sienten diferente, buscan lo que no encuentran, tienen hambre y sed. Significan una paradoja para cada cruce de caminos y para cada árbol y cada gota de agua. A mí no me resulta difícil vivir con ellas, a lo mejor porque no representa su compañía ni una ventaja, ni una amenaza, ni un peligro, ni un problema. Quizás soy una auténtica rara avis, porque de todas estas personas aprendo, con todas comparto algo, y a las que quiero en mi vida no las selecciono por su comportamiento, sino por su capacidad para ser. Me explico: para mí las personas son o no son. Son aquellas que dan lo mejor de sí mismas, las que hacen lo que deben, entendiendo por tal no dañar a nadie ni buscar lo que perjudica a la persona humana en cualquiera de sus vertientes, las que van de frente y no tienen esquinas, las que dan problemas (aunque no lo pretendan) porque siempre buscan lo justo, lo bueno y lo bello, las que son responsables pero no culpables: en definitiva, aquellas con las que puedo contar en los días azules y en los días negros. No es fácil sufrir una discapacidad de cualquier género, que limita y mucho algunas facetas de la vida, pero peores son las cortapisas del alma, las cerrazones del corazón y los enconos vengativos que a nada conducen. Tampoco es fácil ser un capacitado y quizás no llegar a fin de mes, o estar enfermo, o haber sufrido una pérdida irreparable. Y es que todos durante la vida contamos con piedras en el camino, arrugas en los años y reveses que afrontar, seamos sobredotados o no. La vida no es para nadie lo que espera, tampoco representa lo que uno anhela, ni se ajusta a nuestros deseos como un guante a la mano, sino que es un espejo donde mirarse y contemplarse, más allá de nuestra imagen, no solo con los ojos y no solo una vez.

Al hablar de sobredotados en estas páginas no he pretendido cerrar un círculo, o aventurar las márgenes de un río, ni tan siquiera establecer los parámetros sobre los que circula su realidad, sino trazar una elipse, contemplar la lluvia y dibujar en el aire a qué huelen las rosas cuando se abren. Eso significa dar un paso más hacia la comprensión de las diferencias que presenta la naturaleza humana, aproximarse al progreso (que no es otra cosa que un futuro dotado de mejores condiciones de vida para cada hombre y cada mujer), establecer un campo de actuación donde resulte posible entender y entendernos. Porque las personas necesitamos entender para poder actuar, aunque, muchas veces, lo que comprendemos no es suficiente, no basta para dar un paso más adelante e ir un poco más lejos, o un poco más adentro. Cuando nos damos cuenta de la existencia de un árbol, podemos plantearnos regarlo, cuando descubrimos que vuela un pájaro, consideramos la posibilidad de un nido cercano.


Yo quiero un mundo donde todas las personas tengan el lugar que les pertenece, independientemente de su naturaleza, y deseo y necesito en mi mundo la presencia de esa variedad que representa el contacto con personas discapacitadas, capacitadas y sobredotadas».


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Hablemos de drogas

Este es el título de uno de los capítulos del libro de Javier Costas Franco, Tranquilos, que yo controlo, que trata los distintos aspectos de la seguridad vial. La cuestión de las drogas y la conducción sigue siendo bastante desconocida socialmente, así como para muchos conductores y también para los propios consumidores de estas, que con frecuencia no son conscientes de sus efectos ni de la duración de los mismos, así como tampoco de sus consecuencias. Javier lo explica magistralmente en las siguientes líneas:

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«Qué decir de las drogas, donde se incluyen muchas sustancias que son perjudiciales para el cuerpo o que, como mínimo, alteran bastante su funcionamiento. Existen muchos tipos, pero me voy a referir a las denominadas «drogas recreativas» (los medicamentos y el alcohol tienen un tratamiento aparte). Tomar algunos tipos de drogas no tiene por qué ser algo estrictamente negativo si se hace en condiciones muy controladas, con información, y sobre todo, si no se hace mientras se conduce o con la previsión de hacerlo pronto.

Me pondré en el caso más favorable, un consumidor responsable, informado, que toma poco y cuando no tiene que hacer ninguna tarea importante y se fuma un porrillo de marihuana, o dos, o los que sean. Tras seis horas y pasados los efectos —al menos en apariencia— se pone a conducir. De repente, se topa con un control antidrogas. La prueba se hace con la saliva, se moja un bastoncillo en la boca y se guarda para análisis. Si hay restos de sustancias prohibidas en la saliva, legalmente es lo mismo que conducir drogado (un delito), no hay un margen de no denuncia más allá de la tolerancia de la prueba.
Ahora me pongo en el caso desfavorable, un cabezahueca que conduce en mitad de un pedo. Merece que lo encierren y tiren la llave al mar, porque el riesgo que provoca para la circulación es altísimo. Y no hace falta ir pedo para ser un peligro, basta con tener las funciones psicomotrices alteradas, pues estamos controlando un vehículo en una vía pública, con todas las consecuencias que ello implica.

La normativa de nuestro país tiene el principio de tolerancia cero con las sustancias tóxicas. Es decir, si el resultado del control es positivo es que quedan restos de droga, por lo que se considera afectada la capacidad de conducción aunque no haya efectos visibles. No importa la cantidad detectada, sino si hay o si no hay ¡y puede afectar también a los consumidores pasivos en espacios cerrados sin ventilación! Si hay restos, la multa es de 1.000 euros, se pierden seis puntos y también se considera un delito contra la Seguridad Vial (Art. 379.2 CP), con las consecuencias antes descritas (...).

(...) Hasta el agua es capaz de matar a un ser humano con una dosis excesiva. Las demás sustancias de la lista deberían ser evitadas por simple sentido común, se conduzca o no. Y por analogía, tampoco es buena idea viajar con pasajeros que están consumiendo droga en marcha, existe riesgo de consumo pasivo. En la web de la Fundación MAPFRE hay una lista de «trucos» que tienen efectividad nula para reducir la posibilidad de dar un positivo por drogas, que procedo a resumir. Da igual echarse la siesta, esperar pocas horas, tomar cualquier tipo de bebida, chupar granos de café o hacer más abdominales que Cristiano Ronaldo. Nada de eso reducirá la presencia de drogas en la saliva, así que en su caso habrá que afrontar el castigo con dignidad. De hecho, menos mal que el análisis no es de sangre, porque una analítica común revela restos de drogas en el organismo semanas después de haber consumido por última vez...
Ocurre como con el alcohol, solo pasaremos como limpios en una prueba si realmente estamos limpios y eso implica que el cuerpo tiene que deshacerse de las sustancias mediante unos procesos que llevan tiempo y que no se pueden acelerar con trucos baratos. Si consumes, no creo que te convenza para dejar de hacerlo, pero puedo intentar sugerirte que mejor que conduzca otro por ti hasta que te hayas quedado totalmente limpio o que busques alternativas de transporte o un alojamiento temporal. Por ejemplo, al día siguiente de haber fumado porros uno puede encontrarse bien, pero puede notar a lo largo del día dolor de cabeza o dificultad para concentrarse. Si no se tiene la previsión de conducir, mejor. Si te da por fumar porros un viernes y no conduces hasta el lunes, tranquilo, no tendrás problemas con la Benemérita ni con la justicia».

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miércoles, 28 de diciembre de 2016

La revolución digital

Como suele ocurrir con los grandes cambios, las revoluciones a menudo son silenciosas. Frecuentemente tienen un origen incierto y una evolución sinuosa, pero se acaban imponiendo por la concurrencia masiva de la gente y la ayuda de esa actitud silente.
La revolución tecnológica no tiene vuelta atrás, eso es evidente. Fue una revolución soñada, deseada más o menos conscientemente por una gran parte del planeta y, finalmente, la colaboración en red —transmutada ya en competencia— nos ha llevado hasta donde estamos ahora.
Que, si bien se mira, no es demasiado lejos. Y no porque no se hayan conseguido logros importantes, sino porque es fácil atisbar que tan solo estamos al principio de esa revolución. Pero ya se empieza a perfilar turbiamente la silueta del nuevo mundo. Poco a poco —y no tan poco a poco— podemos ver hacia dónde nos dirigimos y cómo lo estamos haciendo, que quizá sea la cuestión más importante.
Como dice Sylvia Díaz-Montenegro en su libro El mundo transparente, se avecinan o, mejor dicho, ya están aquí, nuevas formas de relaciones comerciales, laborales, personales... Tenemos por delante un mundo con grandes facilidades pero también con grandes peligros. Y en ese mundo ya no valen las antiguas formas, que se ven superadas día a día, ni siquiera sirve la legislación actual, demasiado lenta para hacer frente a entidades con un funcionamiento nuevo y, como no, en el sentido literal de la palabra, revolucionario.

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Es evidente que este mundo nuevo, el universo digital que Sylvia Díaz-Montenegro denomina El mundo transparente no es, ni mucho menos, un mundo idílico. Por el contrario, es un mundo lleno de retos que deberemos resolver si no queremos que se nos vaya de las manos. Pero no debemos olvidar que, aunque las máquinas estén cada vez más presentes en nuestra vida, este, al igual que los anteriores, es también un mundo humano y un mundo para los humanos. Depende de nosotros crear una nueva sociedad más eficaz, pero debemos luchar para que, al mismo tiempo, también sea una sociedad más solidaria. En adelante, muchos de los trabajos serán —ya lo son— automáticos. Eso significa probablemente que la oferta laboral seguirá descendiendo y deberemos afrontar las consecuencias que ello comporta. Del mismo modo, nos encontraremos con grandes empresas —grandes en cuanto a facturación e impacto social— que apenas tendrán trabajadores, puesto que funcionarán con un software más o menos inteligente y un reducido grupo de personas para su desarrollo y mantenimiento. Aparecerán problemas —hablamos en futuro, pero en realidad es puro presente— con el trabajo, con la subsistencia y con el control de organizaciones cuya transparencia debemos reclamar. Habrá más terrorismo también, puesto que nunca como ahora información y tecnología marcharon tan unidas ni fueron tan accesibles y baratas. El nuevo mundo es frágil, sin duda.
Por otra parte, nunca como ahora hemos tenido la posibilidad de hacer tantas cosas con una facilidad tan grande. Cada vez más la cura de enfermedades antaño epidémicas resulta más cercana. Retos como acabar con el hambre dependen cada vez más de nuestra voluntad de acometerlos. La educación y la cultura pueden llegar hasta el último rincón del planeta gracias a esa misma tecnología. De hecho, en teoría, el sueño de la fraternidad universal debería estar más cerca que nunca. Sin embargo, hoy por hoy, todos sabemos que esto no es así. Pero es verdad que podría serlo. Para ello, tenemos la obligación de luchar por una nueva ética, por unos nuevos valores que nos sigan uniendo.
Hemos dicho antes que este movimiento silencioso que es la revolución digital no tiene marcha atrás. Creemos que tampoco sería bueno que la tuviera. Pero debemos ser conscientes del inmenso poder —o, mejor dicho, los inmensos poderes— que esconde y se esconden tras ella. Los acontecimientos se multiplican exponencialmente y las cosas son cada vez más posibles, para bien y para mal. Por eso, si estamos ante y en un mundo humano —y es evidente que lo estamos— lancémonos a él con ilusión pero, por supuesto, también con responsabilidad.  

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domingo, 25 de diciembre de 2016

Haciendo balance

Alguna vez os hemos dicho que Meridiano no es una editorial convencional. La razón que esgrimimos para ello es que actuamos al revés que la mayoría de las editoriales. Primero buscamos un tema que nos interese, después rastreamos hasta encontrar la persona que nos parece más adecuada para desarrollarlo y, finalmente, hacemos el libro.

Esta forma de actuar es muy laboriosa, pero tiene una parte divertida o, por lo menos, emocionante. Y es que nos permite jugar un poco a ser una especie de hados juguetones, porque en un momento dado nos plantamos con nuestra varita delante del autor o autora elegidos y descaradamente les soltamos nuestra propuesta.
Y nuestra propuesta no se puede decir que sea muy buena, la verdad. Vivimos en una época en la que se leen pocos libros, eso es de sobra conocido, lo que significa que a nuestros queridos autores no les hacemos propuestas millonarias (ni siquiera milenarias). 

Sin embargo, debe ser porque son «masocas», muchos las aceptan, a sabiendas de que en muchos casos van a hipotecar un año de su vida con ese maldito librito que un desalmado les invitó un día a escribir.
Algún mal pensado podrá pensar que si no es el dinero lo que mueve a los autores (y lo que nos mueve a nosotros, dicho sea de paso) es el ego. Pues no, al menos en el caso de nuestros autores nada más lejos de la realidad. Todos y cada uno de ellos se mueven sobre todo por una cosa que parece haberse quedado algo desfasada en estos tiempos y que es el afán de servicio. Ellos, al igual que nosotros, saben que nuestros libros, modestamente, son útiles para muchas personas y que ese y no otro es su objetivo.


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Todos los libros son buenos —unos en mayor medida que otros, pero todos enseñan algo—. Sin embargo, ninguno se agradece más que aquel que toca un problema cercano, responde a una preocupación que uno tiene o simplemente sacia una curiosidad que teníamos aparcada.
Así son nuestros libros. Libros para todo el mundo, pero dirigidos a lectores tan diferentes como los temas que tratan. Libros sencillos, pero no simples. Libros que no son manuales de recetas, sino que señalan caminos, proponen ideas, invitan al lector a actuar.

Este año 2016 ha sido el primer año de la editorial. En este tiempo hemos publicado cinco libros, de los cuales estamos orgullosos y agradecidos a sus autores. Como decíamos, cada uno es distinto y, sin embargo, todos tienen un nexo común que va configurando la línea editorial de Meridiano.

Por eso hoy queremos rendir un pequeño homenaje a esos autores que nos han ayudado a construir la editorial y sin los cuales obviamente no seríamos nada.
En primer lugar, gracias a Marta E. Rodríguez de la Torre, autora de ¿Hay alguien ahí?, por haber creído en nosotros cuando no teníamos más que una idea y mucha ilusión.
Gracias también a Sylvia Díaz-Montenegro, por haber enfrentado con valentía un tema tan complejo como el de la sociedad digital en El mundo transparente.
Gracias a Luis Sebastián Pascual por habernos puesto las pilas de nuestra memoria con La pastilla verde. Gracias a Javier Costas por recordarnos que conducir es algo más que sentarse a los mandos de un coche con su libro Tranquilos, que yo controlo. Y, por último, gracias a Irene Alonso Vaquerizo por ayudarnos a comprender la difícil realidad de los trastornos alimentarios en Ana y Mia no quieren ser princesas.

A todos ellos, a los que vendrán y a vosotros, lectores, muchísimas gracias por acompañarnos en esta andadura.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

Proust y la memoria

En una entrada anterior de este blog, titulada ¿Es que memorizar es divertido? introducíamos al lector en el libro de Luis Sebastián Pascual titulado La pastilla verde. Técnicas de memorización para mayores de 40 años. En ese post presentábamos la asociación de imágenes como un buen recurso para facilitar la memorización.
Continuando con esta explicación, Luis Sebastián Pascual nos recuerda la famosa magdalena de Proust y nos enseña el porqué de su poder evocador:

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UNA TAZA DE TÉ

Marcel Proust describe en su célebre novela En busca del tiempo perdido una escena muy conocida —la famosa magdalena de Proust— en la que el sabor de una magdalena mojada en té le transporta al pasado, cuando era un niño, evocándole recuerdos que creía perdidos.

«Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme…» pero, tras probar una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena, tratará de buscar la causa del sentimiento que este sencillo acto le provoca:
«Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tilo, los domingos por la mañana en Combray…»
Con el recuerdo de su tía llega el de la vieja casa gris donde vivía, y con la casa el pueblo, las calles, etc. En su mente, el sabor de la magdalena estaba relacionado con el lugar donde lo experimentó por primera vez, de modo que muchos años después, al saborear de nuevo una magdalena, recupera los recuerdos asociados a ella.
«[…] así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té».
Esto es algo que todos hemos vivido alguna vez. Por ejemplo, si te preguntan por las vacaciones de aquel año en Benidorm, probablemente te des cuenta de que apenas guardas un vago recuerdo. Pero ves en televisión una avenida con palmeras y, de pronto, te viene a la memoria aquella palmera justo delante del balcón del hotel que estropeaba las vistas al mar, el mar te recuerda la playa llena de sombrillas, las sombrillas te llevan a maldecir por aquella que se atascaba y no había forma de desplegar, etc.
Esto apunta a que las cosas no permanecen en nuestra memoria como unidades aisladas, sino formando un entramado, una especie de red en la que los recuerdos están relacionados entre sí de modo que uno lleva a otro, y ese al siguiente, etc.
De hecho, cuando queremos acordarnos de algo, instintivamente nos ponemos a pensar en cosas cercanas a aquello que tratamos de recordar, con la esperanza de dar con algún elemento que nos lleve hasta el dato buscado.
Por ejemplo, ¿cómo se llamaba aquel profesor que tenías de niño? Intentando recordar el nombre seguramente te pongas a pensar en el colegio, la mochila con los libros, el pupitre, la pizarra, los compañeros de clase, aquel que una vez hizo una rima con su nombre… ¿Cómo era? «Don Serafín, no tiene fin» —entonces, siendo niños, se os antojaba muy alto—. Pues ahí está, a través de aquel compañero de clase te has acordado de la rima, y con la rima ha llegado el nombre: se llamaba Serafín.
Por eso decía Aristóteles que:
«Esa es la manera en que los hombres intentan recordar, como también la manera en que recuerdan, aun cuando no lo intenten: es decir, cuando un movimiento o impulso se sigue o sigue a otro».
Para el antiguo filósofo, recordar no es más que seguir la cadena de pensamientos que nos llevan hasta el dato buscado. Pero, para lograr el éxito, «se debe asegurar el punto de partida», es decir, debemos estar seguros de que existe una relación entre el dato a recordar y un elemento inicial que nos lo evoque.
¿Cómo formar ese vínculo o relación? Pues mediante fantasías tan singulares como la descrita al principio, donde la figura de la presentadora de las noticias de mediodía (elemento inicial) nos lleva hasta la pastilla verde (dato a recordar).

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