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domingo, 8 de enero de 2017

El peligro de las dietas

Como señala Irene Alonso Vaquerizo en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas, algo tan aparentemente inocuo como comenzar una dieta puede ser el desencadenante de un trastorno alimentario. Veámoslo en sus propias palabras:

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«Hacer dieta, sobre todo si no está monitorizada por un experto, favorece una mala regulación del organismo, y más aún si dura mucho tiempo y es muy restrictiva. No es lo mismo una dieta variada que incluya los alimentos básicos de la pirámide de alimentos, sin abusar de grasas, precocinados o bollería industrial, que otra que restrinja nutrientes. 
Estar a dieta de forma habitual dificulta experimentar las sensaciones de hambre y saciedad. Es decir, se altera la percepción de hambre al aprender a ignorar las indicaciones del organismo. Todo ello produce gran confusión en la persona, que empieza a preocuparse por lo que come y a temer excederse. De forma menos intensa, es posible que cualquier persona que haya estado a dieta un tiempo, aunque no padezca un TCA, haya podido experimentar cierta confusión o alteración de sus sensaciones internas o haber temido pasarse en la ingesta, aunque haya sido ligeramente.
Hacer dieta altera el set point o punto de ajuste del mantenimiento del peso corporal. Es un punto de referencia que tienen las estructuras cerebrales encargadas de la regulación de la ingesta y el peso corporal. En esta regulación influyen diversos factores: genéticos, niveles de leptina (hormona segregada por los adipocitos: células que almacenan grasa), actividad física (deporte y actividad en general) y peso habitual (el que se mantiene durante la mayor parte de la vida). Es decir, tendemos a mantener un peso. Algunos estudios sostienen que no es posible cambiarlo mientras otros afirman que sí, aunque para ello será necesario tiempo y adoptar nuevos hábitos que van más allá del mero hecho de hacer dieta. El punto de ajuste es el responsable de que una persona, cuando deja de hacer dieta, recupere el peso o incluso añada algún kilo más (lo que suele llamarse «efecto rebote»). En cualquier caso, el inicio de una dieta no es algo inocuo para el organismo y variar o eliminar la ingesta de ciertos alimentos de forma excesiva, sin control experto y mantenido en el tiempo, puede producir alteraciones en la persona a niveles físicos, emocionales, cognitivos y sociales:

Riesgos físicos: descenso de la grasa corporal y musculatura, trastornos gastrointestinales, pérdida de fuerza, alteraciones en el sueño, dolores de cabeza, sensación de mareo, aumento del frío corporal (en manos y pies), pérdida de cabello e incluso incremento de la sensibilidad a la luz y al ruido, entre otros.

Problemas emocionales: apatía, tristeza, culpa y cambios de ánimo, acompañados en ocasiones de irritabilidad y agresividad.

Alteraciones cognitivas: obsesión y preocupación por la alimentación, dificultad para la concentración y el aprendizaje, descenso de la comprensión y alteraciones en la capacidad para razonar.

Cambios sociales: descenso del interés en la realización de actividades con otros y aislamiento.

Debo recalcar que comenzar una dieta es el riesgo más directo e inmediato para padecer anorexia. Los episodios de restricción también podrán dar paso a la bulimia en la que, además de la reducción de la ingesta, aparecerán los atracones». 

Es preciso, por tanto, que presentemos atención a estas actitudes a las que ninguno de nosotros somos ajenos. Por supuesto que las dietas pueden ser muy beneficiosas e incluso imprescindibles en algunos casos, pero hay que tener en cuenta que si no se llevan a cabo con un seguimiento adecuado pueden producir alteraciones en nuestro organismo que es posible que lleguen a ser irreversibles o, al menos, muy costosas de deshacer. No es cuestión de volverse aprensivos, pero sí de no olvidar qué terreno estamos pisando. 

Os recomendamos que podéis adquirir el libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La cara oculta de los trastornos alimentarios sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí.


lunes, 21 de noviembre de 2016

La historia de Elisa

Esta también es una historia, pero no tiene nada que ver con la que describía el post anterior. Además, en este caso, la escritora, la psicóloga Irene Alonso Vaquerizo, en su libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La otra cara de los trastornos alimentarios, ha preferido ocultar tras ese nombre ficticio a otras «Elisas» reales. Porque tras esta «Elisa» se esconde la terrible realidad de la anorexia que sufren muchas «hijas perfectas». Sin duda, muchos padres reconocerán a sus hijas en la Elisa del relato de Irene.


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«Elisa tiene catorce años y está cursando 3º de la ESO. Es alta y morena con unos grandes ojos verdes, que es lo que más le gusta de ella y quizá lo único. Siempre fue una niña delgada, buena estudiante con notas muy altas, responsable, buena amiga de sus amigas, obediente y dócil.

Preocupada por las notas, todas las tardes hacía los deberes y no paraba de repasar hasta que estaba absolutamente segura de que se lo sabía todo. Cuando empezó la ESO, comenzó a levantarse antes por la mañana para estudiar. Cada vez tenía más dudas de poder superar los exámenes y se angustiaba si no lograba la nota esperada. Una calificación por debajo del sobresaliente se convertía en un auténtico drama y entraba en un estado de tristeza que favorecía su inseguridad y le generaba pensamientos de incapacidad, algo que superaba estudiando mucho más. Y aunque las calificaciones mejoraron, Elisa estaba cada vez más preocupada por sus estudios y nunca le parecía que su esfuerzo fuera suficiente. 
Sus padres se sentían muy orgullosos de esa niña tan responsable. Los profesores alababan sus éxitos en clase y la ponían como ejemplo en el aula. Sus compañeros no comprendían porque se entristecía tanto cuando no alcanzaba la calificación esperada e incluso alguno se burlaba de ella. Se sentía sola e incomprendida. 

Elisa no tiene hermanos, nació cuando sus padres eran mayores y habían abandonado la esperanza de tener hijos. Fue un regalo para ellos y para toda la familia. Tan buena, tan ordenada, tan estudiosa, tan constante, tan dulce, tan guapa, tan lista... un ejemplo continuo para sus primos.

Los padres, conscientes de las capacidades de su hija, le exigían buenas notas, incluso en materias en las que no destacaba. Pero la veían tan abatida cuando no obtenía altos resultados que solo podían apelar a su voluntad para animarla: «Tú eres capaz de mejorar, si te esfuerzas», «Puedes conseguir todo aquello que te propongas».
También favorecían la matriculación en actividades extraescolares como inglés y alemán. Querían darle todo lo mejor para que tuviera un futuro prometedor. Ella acudía contenta y también era un ejemplo para sus compañeros, siempre tenía los deberes hechos y alcanzaba buenas notas. 

Al tiempo, Elisa quiere mucho a sus abuelas y se siente preocupada por su salud. Va a visitarlas todas las semanas, algo que ellas agradecen y la convierten de nuevo en un ejemplo para sus primos.
Tiene una amiga del alma, Teresa, desde que entró en infantil. Es como su hermana, le cuenta todo y confía plenamente en ella. Con los demás compañeros se siente tímida e insegura. 

Pero Teresa no para de hablar de chicos y ella se siente incómoda. Ya no quiere hacer las cosas que le gustaban antes: patinar los sábados, pasear a los perros por las tardes, ver películas juntas... No le dice nada, pero nota cómo se va alejando de ella y tiene otras amigas nuevas. Cuando Teresa está con estas chicas, no es la misma. Se ríe, dice tonterías e incluso habla de hacer botellón. Elisa se queda sola dentro del grupo y pone excusas para no salir.

A menudo, siente que no le gusta su cuerpo. De pequeña se veía guapa pero, últimamente, no se ve bien delante del espejo. En clase tiene muchas compañeras que solo hablan de lo gordas que están y no paran de comentar dietas y trucos para parecer más delgadas. Elisa se siente como un bicho raro».

¿Quieres seguir leyendo «La historia de Elisa»? Entra AQUI y encontrarás un PDF con la continuación.

jueves, 27 de octubre de 2016

La culpa no es de Eugenia

Eugenia Cooney es una youtuber estadounidense que últimamente ha saltado a los medios por la enorme difusión que tienen sus videos, dedicados por lo general a belleza y moda. Pero no es la temática de estos videos la que ha llamado la atención del público en general, sino la extrema delgadez de Eugenia, una delgadez que ella luce orgullosa y que es la causa real del enorme número de seguidores (casi 900.000) que tiene en las redes sociales.Eugenia tiene 22 años y pesa como media 26 kg. Sin embargo, ella dice que su constitución es así, que está perfectamente y que no se está muriendo, como sugieren algunos. El hecho es que, por muchos problemas que su situación física pudiera acarrearle, lo más probable es que Eugenia sea una chica feliz. ¿Cómo no serlo si te admira casi un millón de personas?Atendiendo a los síntomas, hay muy poco margen de error si se diagnostica que Eugenia sufre evidentemente una anorexia nerviosa. Hablando en términos vulgares, hasta la propia Wiikipedia resulta ser muy didáctica en su definición de la anorexia: «enfermedad específica caracterizada por una pérdida autoinducida de peso acompañada por una distorsión de la imagen corporal». Este es, sin duda, el caso de Eugenia, que alguna vez ha declarado, probablemente no con demasiada conciencia, que desea ser «un esqueleto con piel»En los últimos días ha surgido una petición en change.org, que tiene ya 9.000 firmas, que respalda el cierre del canal de Youtube de Eugenia, utilizando como argumento principal que el público del canal está entre los 12 y los 21 años y que estos jóvenes están recibiendo un pésimo ejemplo en una edad especialmente sensible para sufrir trastornos alimenticios.Sin embargo, nosotros creemos que la realidad es más compleja. Resulta particularmente curioso el hecho de que Eugenia parece tener una excelente relación con su madre, con la que comparte algunos de sus videos (por lo que se ve en ellos, a juzgar por el aspecto de la madre esta no parece precisamente sufrir síntomas de anorexia o similar) hablando, maquillándose la una a la otra o bailando. ¿Alguien cree que el apoyo de 900.000 seguidores unido al de su madre van a hacer desistir a Eugenia de su actitud? Sinceramente, nos parece una ingenuidad.La anorexia, como otros trastornos alimentarios, es un fenómeno muy complejo que hay que analizar individualmente y en profundidad, porque cada caso es un mundo. Y si la curación es posible, esta no se consigue matando la libertad de expresión. Los seguidores de Eugenia acabarán encontrando otros cauces para expresarse, para compartir sus intereses, para relacionarse.

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Irene Alonso Vaquerizo acaba de publicar en MERIDIANO Ana y Mia ya no quieren ser princesas. El otro lado de los trastornos alimentarios, un libro que ayudará a comprender casos como el de Eugenia y otros trastornos a todos aquellos que se enfrentan a ellos por primera vez e incluso a lo que conociéndolos desean aprender más de ellos. Sus más de quince años de práctica profesional en esta materia la convierten por supuesto en una experta en el tema, pero con este libro Irene pretende ser, sobre todo, una compañera en el difícil camino para la comprensión de estos trastornos. Como ella dice, cuando alguien deja de comer o se comporta de una manera extraña con respecto a su físico, nunca se trata de un capricho. Detrás de esa actitud se esconde siempre algo más grave, como ella misma nos enseña: una personalidad en crisis y un ser humano con profundos problemas emocionales. Pero jamás un culpable. Más bien una víctima de una sociedad que promueve unos valores cuyas consecuencias no es capaz de asumir.

Os recomendamos que podéis adquirir el libro Ana y Mia no quieren ser princesas. La cara oculta de los trastornos alimentarios sin gastos de envío en la web de Meridiano Editorial, pinchando aquí